lunes, diciembre 1

Pareciera hace muy poco que el viento se llevó tus manos,
rápido, inevitable.
Pareciera hace nada que se apoderó el desconsuelo.
Y aunque haya sido hace mucho o poco, no sé,
(de cosas del tiempo sí que nunca he sabido)
me impresiona, y me ahoga,
que te extraño desde el presente,
desde la noche, del silencio y del frío,
desde otro hogar y otro ambiente.
Ya no soy la misma, ni tú tampoco (aunque nunca envejezcas)
pero el tiempo de igual forma castiga aunque uno lo quiera.
No tengo cómo saber
qué habría pasado,
qué habría sido de nosotros.
No tengo cómo saber
qué haré con todos estos años que nos quedan
cómo seguirte extrañando conmigo vieja
y tú igual que siempre;
con mi piel arrugada y creyéndome vieja
y tú igual que siempre;
con mi vida propia, mi carrera, hasta con hijos,
y tú igual que siempre,
como si nada hubiera pasado,
como si yo siguiera siendo una niña.

Te extraño desde el presente.

miércoles, abril 9

Perro viejo



¡Qué noche más oscura! Llevaba mucho tiempo en el hospital, se me había hecho tarde. Ni abrigo traje para devolverme, lo que sentí más que nunca por el frío que hacía. Ya doblando por mi calle no se divisaba nada, era mi soledad la única que me acompañaba, y de pronto, lo hizo un perro.

No es que me haya hecho compañía de forma intencional. No me siguió, no me olió. Simplemente el perro estaba ahí. La verdad, no tengo idea de razas de perros ni de linajes caninos, sólo sé que a mi parecer ignorante sí era de raza. Se notaba que en algún momento de su perra vida fue un lindo animal, educado, decente. Pero ahora estaba viejo y con mucho frío. Tanto frío tenía que me provocó pena –no lástima– y una inusual sensación de ternura, que me acerqué y lo acaricié. Pobre perro solo. ¿Yo haciéndole cariño a un perro? No entendía lo que me estaba pasando, sin embargo, lo miré fijamente y por poco tiempo, lo tomé en brazos y me lo llevé al departamento.

En parte pensé que era estúpido tener un perro en un departamento. ¿Qué hago con él? Paso poca parte del día en mi hogar, jamás podría hacerme cargo del animal. ¡Qué dirá mi hermana, si jamás hemos cuidado un perro?; ni imaginar tener uno en nuestro departamento. Lo podría pasar mal él, se podía estresar… No importó, todo el conflicto se me olvidó y simplemente lo dejé ahí. Pasaría menos frío que en la calle. Estaría mejor.

Los días pasaron y fui olvidando al perro. Llegaba cansada en la noche, tenía mucho que estudiar, debía cumplir otros deberes. Hasta que un día me percato que jamás le había dado comida. ¿Cómo es que se debe cuidar? No tengo idea de crianza de animales – aunque a esta altura de su vida es bien poco lo que se podía criar–.  Le dejé un plato con agua y comida para perros. Sería suficiente.

¿El perro habrá hecho caca en el departamento? ¿Lo habrá orinado en alguna esquina? ¡Qué desastre! La alfombra podría estar sucia y no la quiero limpiar, las paredes, también, el piso podría tener pelos de perro, etc… Después de ciertos días que ya olvidé que pasaron, tomé al perro, que hay que recordar que era muy grande, viejo y a mal traer, y lo saqué cuando ya estaba atardeciendo a la calle para que haga sus necesidades. Por suerte el anciano educado no hizo ningún destrozo, y se aguantó de orinar quién sabe cuántos días. Sin correa de perro, sólo con una cuerda al cuello improvisada lo saqué. 

No quise mirar, yo sólo caminé. En parte por deber, pero admito que el asco que me daba acompañarlo a hacer cosas de perros era intolerable. Lamentablemente mi gesto despertó en el perro un genuino amor hacia mí, vi en su mirada seca y amarilla algo de esperanza (aterradora).

De vuelta a la casa, aún quedaba luz del atardecer y vi detalles de él. Su pelaje estaba enfermo, con muchos pelones, caspa en su piel, enflaquecido, ni podía caminar bien por el tiritón de sus patas. Sentí que su imagen fría de un comienzo se tornaba más cálida. Pero yo no quiero calidez. Quién sabe por qué me llevé al perro, pero claramente nunca me han interesado los perros.

Llegaba la noche y el perro me estresó. ¿Qué hago con él? No podía dejar de pensar en el perro, en qué diría mi hermana, en cómo dejaría el departamento, en que no tengo tiempo, en que está enfermo y no sé qué hacer con eso…

Se acabó. Mi plan era ideal. El perro viejo, que cada segundo que pasa se ponía más agónico y viejo, pero también más gigante, tenía que irse de mi departamento. Sea como sea, era una lástima, pero todo el cariño que me tuvo va a tener que morir. Hasta aquí llegamos, yo simplemente no podía con él. No quiero, no puedo y no sé cómo se hace. No sé de perros, no sabré de ellos ni me interesa.

Lo bajé sin cuerda a la calle, tan fría como la primera vez que lo vi. Afuera estaba mi familia, tuve alguna intención de presentarles al perro, por el leve y escaso amor que me tomó, (aunque yo tampoco le quitaba el sueño)  o  por "ese respeto que se debe tener a todo”. En fin, no lo presenté, me dio vergüenza. Caminé con él hasta la esquina, y justo había otros perros 100 m más allá. El perro viejo no entendía nada, no sabía dónde estaba, ya no veía, con suerte escuchaba. Hice como que iba a jugar con él, y le lancé un objeto para que corriera. Alcanzó la pelota, pero yo le gritaba “corre, perro viejo, corre”, para que se fuera más lejos y más lejos. Me hizo caso, yo creo que él tampoco sin saber por qué, pero se fue, se perdió, y logré no verlo más. Entré rápido al edificio y cerré la puerta. En una de esas había vuelto, pero daba lo mismo, yo ya no sabría. Lo más probable es que haya muerto, porque la vorágine de su vejez lo consumía inevitablemente.

No sé qué pensaría el perro viejo con lo que le hice, qué escribiría él. Pero es mejor no pensarlo, y acostarme a dormir.


                Buenas noches. 

(pd: Aclaro que esto es sólo un cuento, y soy una persona normal que respeta a los animales, tengo buenos sentimientos cristianos)

sábado, julio 7

Afonía


Irrespetuosa, te fuiste sin mi permiso. No me di cuenta cuando te fugaste, veloz, de mis labios y de mi boca. Quedé en un silencio absoluto, sólo con mi respiración, intentando buscarte por el mundo entero.
Admito que quizá no nos llevábamos muy bien. Cuántas veces por tu culpa dije cosas que no debí decir, y cuantas otras te obligué de mala gana a hablar. Debiste callar en muchas oportunidades y hablar en los exámenes orales. Pero eres caprichosa, como tu dueña.
No te vengues de mí. No sé con quién andas ni a cuáles oídos has ido a fastidiar sin control alguno. No sé qué historias estás repitiendo o inventando, ni sé qué tanto te escuchen los demás, qué tan loca me estás dejando con el resto. Pero por favor, si al menos no quieres regresar conmigo todavía, intenta moderarte, sé que es difícil, hasta a mí me costaba hacerlo. No atentes contra mí, recuerda que sólo en mi tienes vida, y  estando perdida no eres más que ruido.
Me gustaría gritar a los 4 vientos para hacer que me escuches, sin embargo, sólo puedo escribirte esta carta y pegarla por los postes de mi barrio a ver si en una de esas lo lees y te animas a volver. Ya te estoy empezando a extrañar.

lunes, abril 30

Resumen delirante

Después de mucho pensarlo decidí vencer el temor.
No sabía si escribir o no, si volver a intentarlo. Tenía miedo. La última vez que lo hice tembló muy feo, el piso se movía en círculos y mi casa parecía venirse abajo. Mis gritos me interrumpieron de forma grosera, se sellaron mis palabras en blanco.
Pero no puedo contenerme más, tarde o temprano esto tenía que suceder.
Tarde o temprano debía volver a escribir, sea ahora, mañana o en tres años más.  Resulte o no como siempre me ha gustado.
Tarde o temprano tendrá que volver a temblar.
Esto no está bajo mi control. Lo aseguro. Sólo anhelo que llegue el momento en que mis manos decidan poner el punto final.
De todos modos estoy intentando no liberar tanta energía. Es por esto que trataré no referirme a ti. Intentaré no mencionar mi indiferencia ni mi mente en blanco, mi incapacidad para mirarte a los ojos, ni mi incapacidad para buscarte y encontrarte muy cerca, rebelde. No hablaré de la mis manos jabonosas ni de las tuyas, ásperas y calientes; de la incapacidad que es mía y no tuya. De todas estas cosas no quiero conversar, porque tarde o temprano escribiré al respecto.
No escribiré de la pausa que me tomas todo el tiempo.
Así, cuando eso suceda, tarde o temprano, volverá a temblar.
No quiero que llegue ese desenlace fatal, pero tampoco quiero darle más plazo. Estoy en la duda, las letras tendrán que tolerarme, mi indecisión siempre es molesta.
Ya he puesto muchos puntos, pero también he hecho muchas insinuaciones. Esta seducción ordinaria va a terminar por provocarlo,y voy a pagarlo caro. Lo toma o lo deja. Yo ya lo insinué.

miércoles, agosto 10

Con el Sol...

El Sol transparenta las miradas.
A algunos, los encandila, dejando que la confusión se escape.
A otros, les magnifica todos los colores y la realidad al fin se ve tal como es: con la luz del Sol, linda.
Hoy, un día de Sol, lo vi todo más claro.
Conocí la historia de un reloj detenido.
Se dice que los relojes detenidos son incapaces de vivir su vida. En efecto, el tiempo no corre en ellos.
Otros dicen que los relojes detenidos están ahí a propósito, que todavía no están a tiempo de contar los segundos porque les falta madurar.
Y también se dice que los relojes detenidos deciden detenerse solos, cuando un engranaje no les acomoda, los desechan y se declaran en coma. El tiempo se declara en coma.
La vida del reloj es triste, sólo cuenta los segundos, sólo anticipa y desahucia, molesta a veces, y mira desde su encierro, desde el vidrio que desea quebrar, como los acontecimientos pasan determinados por el segundero.
Es triste para él, pero imprescindible para nosotros, los dueños y siervos de cada reloj. Imprescindible e irreemplazable.
Me contaron que por esas casualidades, a fines del invierno pasado, un reloj suicidado ya sin esperanzas y sonriente se encontró con otro reloj que andaba a tiempo (muy a tiempo), un poco apurado, con los minuteros violentos, sonoros, agresivos, punzantes, apremiantes.
Sucedió algo nunca antes visto en la historia de los relojes. En un acto de generosidad máxima, el reloj a tiempo abandonó sus apremios y le entregó los engranajes que le faltaban al reloj suicidado. No eran dos o tres engranajes, era la mitad de su cuerpo entero.
El reloj detenido comenzó al poco tiempo a andar. No, eso no está bien dicho.
El reloj detenido desapareció, al igual que el reloj a tiempo, cuya esencia mantiene ya sin cuerpo propio. Lo que resultó, fue la creación de un nuevo reloj.
Pero los relojes no sirven de nada si no tienen a quién dominar.
Se cuenta que ambos dueños siervos de los relojes corrieron bajo el mismo tiempo, bajo la misma libertad y bajo el mismo Sol comandados por un único reloj.

sábado, julio 30

El hombre y su perro

Hace dos días me encontré con el hombre que pasea a su perro. Hace tiempo que no sabía nada de él. La semana pasada vi en su auto un cartel de venta, al parecer las cosas no andan bien.
De su vida sé poco y nada, aunque creo conocerlo más que el resto del barrio. Sé su nombre, que es casado y que tiene un perro. Es muy amable. A veces le digo usted, otras veces lo tuteo: la verdad es que aún no puedo descifrar qué edad tiene. Cuando supe que tenía una hija de más de 25 años, me fijé en que estaba lleno de arrugas y canas y que le faltaban un par de dientes.
El hombre lleno de proyectos y optimista, apareció como un fantasma errante en esa noche con su perro. El perro, siempre inquieto y preso de la correa, hoy estaba cansado y muerto de frío, más gordo, descuidado y más viejo, a tal punto que me costó reconocerlo a la distancia. Dejé de mirar el perro, y me fijé en su amo, más envejecido y triste. No sé si se debió al frío, pero estaba tan encorvado que se perdía dentro de su chaqueta. Le dije un ‘Hola’ a lo lejos, esperando su saludo de pasada, pero el hombre del perro se detuvo ante mí y nos largamos a conversar. No sé hace cuánto que no habla con alguien, el perro ya ni lo escucha. Supe que vendió su negocio, yo pensando en que eso era bueno, lo felicité, asumiendo que tendría capital para invertir (nunca son malos los cambios), hasta que miró el suelo y con vergüenza me dijo ‘estoy cesante’.

lunes, julio 25

Es raro sentir que el tiempo pasa, pero no pasa, que cuando abres los ojos no despiertas de la noche anterior, sino de meses, que todo este tiempo ha sido un largo día o que la noche no llega nunca. Todo esto es raro, es ilógico.
La razón se resiste.
Para mí lo todo es muy complejo y a la vez muy sencillo: esto no debió haber pasado, pero está sucediendo, y será que no lo siento como debería, será que no aterrizo nunca, porque siempre la siento conmigo. Eso es lo lógico, que hayamos estado siempre juntas, así como tengo la mano unida al brazo o mi corazón está en mi pecho.
Te llevo.
Afortunado y lamentable. Hemos sido una. Te llevo con vida en mis días, en los que algo también han muerto para siempre.

jueves, junio 2

Me declaro en presunta desgracia

Quizá no entera, pero sí al menos un cuarto de mi cabeza, el corazón y un pulmón.
Hace ya varios meses que los ando buscando. Se han escapado de mí. Esto, la verdad, es que me ofende, porque me han dejado sin aire, con los latidos más débiles y bastante más tonta que antes. Me han dejado sin vida. Hay varios dedos de mis pies que ya no están, que han muerto congelados. Y sólo me quedan unos miembros torpes y una mano que escribe intentando recuperar a mis presuntos desgraciados.
¿Dónde están? Sería de utilidad que si saben de sus paraderos, me avisen con prontitud. No quiero seguir sintiendo que me he quedado con la mitad de mi vida o con el cuerpo desarmado.
Gracias.

sábado, abril 23

Carta escrita a una madre desde un vagón del tren

Yo quería que el mundo se detuviera. Esto no se trataba de cualquier cosa, de algo sencillo, de algo pequeño: se trata de un triste desenlace para el protagonismo de mi película. Si no pude participar abiertamente en el guión, si nadie me preguntó si yo quería ese final… para mí la historia se acabó, y junto con eso, el mundo entero se debió haber detenido. No quería que las nubes pasaran tan rápido, no quería oír los motores de los autos transitar por fuera de esta estación, no quería que el hambre interrumpiera nuestra despedida para tener que ir a buscar algo para comer. Yo exigía débilmente, ya sin fuerza y cansada de las últimas horas de nuestro viaje, que el mundo se detuviera. Lamentablemente, comencé mi viaje justo al final del tuyo.

El tiempo no me hizo caso y sonaron las alarmas. En ese vaivén del viaje, que uno lo juzga como cruel, me fui sometiendo, me fui disolviendo, hasta que me di cuenta que algo o alguien que desconozco ya me había encajado en un asiento de este vagón. El tren no me iba a esperar más, debía entregar mi pasaje, tomar mis maletas junto con nuestras 2 compañeras, y seguir. He mirado la ventana, pensando en todo lo que quedaba en el pasado que era tan mío que me dolía dejar, y en el largo trayecto que los rieles dibujaban para mí en el paisaje. Yo nunca te quise dejar en la estación, pero tú sabes que nuestros destinos fueron más rápidos, más astutos que nosotras y que de la nada nos sorprendió con estas cosas que parecen injustas. De todos modos eso quedó atrás, en ese viaje que fue tan mío y es presente, constante: vas por fuera de mi ventana, en el reflejo, como dándome consejos,mirándome con cariño. Sé que no te puedo tocar, eres reflejo, eres luz y yo sólo soy carne y ojos que te miran hacia la ventana.

Estoy segura que notaste que al dejarte en tu estación se subió conmigo otro pasajero. Hemos ido conversando, y en los momentos de silencio yo sé que él es testigo de cómo te miro por mi ventana, él ha ido componiendo de a poco las luces que conforman tu rostro. Quizá el desierto que cruza el tren merece la oportunidad de ser recorrido, a lo mejor no todo es tan inhóspito como pensaba. Cuando llegue a la próxima estación te mandaré una carta por correo, como esta, para contarte con ansias todo lo que vivido y que me hubiese encantado compartir contigo. Nunca olvides que te te seguiré amando, incluso el día en que al fin nos encontremos en la última estación.


Sofía.

miércoles, marzo 30

Manifiesto y credo escéptico al escepticismo


No me pidan que sonría más de la mitad del tiempo, ni que no llore menos de la mayor parte del día. No me pidan que no cumpla los criterios ni que me vista de uniforme.

A mí sólo me queda masticar el llanto, tragarme tu silencio y moler el vacío, que ya lo estoy haciendo propio. Sólo me queda soñarte, sentirte y hablarte, de vez en cuando, a veces, pensarte casi siempre. Sólo me queda soñarte (vivirte), aunque parte de esos sueños es despertar en medio de una pesadilla ligera.

Creo más en tu presencia ausente que en tu muerte, no creo en la irrealidad ni me convence el escepticismo. Ni creo en los libros que intentan describirme, ni creo en las observaciones, inútiles, que a la hora del análisis y consejo no pueden dar una palabra, se quedan mudas. ¿Aún no tienen el antídoto contra el dolor? Si no me dan el remedio mágico, entonces no puede haber convencimiento.

Es por eso que perseveraré. Creo en ti, a tu palabra sabia, a tus creencias en un buena parte, no por necesidad, sino por convicción irrebatible, por certeza absoluta de quien experimenta.

jueves, marzo 3

No recuerdo bien cómo llegué ahí, sólo puedo decir que de pronto me encontraba perdida en una playa. Tenía muchas rocas y conchas negras, salpicada con tramas de arena blanca. Había hartas personas, pero no tantas, y el mar se veía azul con tonos celestes justo donde la arena se tornaba más clara. No tenía idea dónde estaba, con quién estaba o qué hacía ahí. Eso me preocupaba, pero no tanto. En medio de mi desánimo indiferente, vi que un poco más allá había sólo arena blanca, el mar era celeste y había menos olas. Decidí acercarme. Si bien parecía ser uno de los lugares en los que siempre he querido estar, no lo era. No me fascinaba del todo, el entorno era imperfecto.

De súbito, apareció una banda de hombres cubiertos de túnicas blancas y negras, las que tenían capuchas puntiagudas y altas. Me dio la impresión que perseguían personas para molestarlas, al igual que los mimos en el centro cuando intentan mofarse de los peatones a sus espaldas. Me incomodó tanto su presencia, que apuré mi paso y empecé a correr por la playa muy ligeramente hacia el lugar de la arena blanca. De golpe en mi trote divise claramente la figura de mi mamá, quien me miraba con una tierna sonrisa. Al irme acercando me di cuenta que no era ella, sino que casi era ella. Era igual, o más bien dicho, casi igual. Tenía el pelo más claro, y quizá estaba un poco más flaca. A su lado estaba mi hermana, que tampoco era mi hermana, sino que era casi ella, y atrás estaba mi tío y mi tía, que con diferencias graciosas (como un rizo o el cabello de otro color) eran casi ellos también. De igual modo, fui hacia ellos, hasta que tuve a mi madre frente a mí.

-Tú sabes que no soy la misma, ¿cierto?- me dijo, mirándome con picardía y complicidad. -Sí, lo sé- le respondí. La abracé y la acaricié hasta despertar.

domingo, noviembre 21

El desquite

Sed de venganza, ¿y contra quién?
He sentido un odio profundo contra nada todos estos días.
No creo en Dios, pero le creo,
Le hablo a veces y le pido cosas.
Lo único malo de hablarle es que no me responde,
No sé, quizá me manda indirectas, algo me quiere decir con el silencio.
¿Qué espera?¿Que luego de humillarme me arrodille frente a él?
¿A caso esta vez consideraría mis súplicas?¿En qué idioma le hablo, Señor?
Quizá somos lo suficientemente miserables como para que él no nos quiera mirar a los ojos,o estamos fuera del alcance de su santa inquisición.
Esta vez no le voy a rezar, no le pediré nada
Aunque quizá si lo hago podría conseguir algo,
Aunque me gane la tentación de rezarle, de comerme su manzana roja.
Le juro, Señor, que le seré fiel,
No caeré de nuevo en la tentación, me libraré del mal.
Amén.

martes, agosto 24

Hubo una vez en que enfrenté al cielo.

Estábamos en la carpa conversando de otras cosas. De pronto, se acabó el agua y me tocó salir a buscar el bidón que estaba en al auto. Era de noche. En el desierto la luna era inmensa e iluminaba todos los rincones, sin embargo, el silencio, el ruido del mar, el cielo oscurísimo con el festival de destellos hizo que en medio de mi admiración no sintiera sino miedo, y en cuanto tuve la botella con agua en mis manos, volví corriendo sin mirar atrás y entré a la carpa. La cobardía no me había superado de forma tan estúpida desde que era una niña. Él me preguntó qué me pasaba, sólo atiné a preguntarle “¿a caso no le da pudor el cielo de la noche?”. Esa sensación tan extraña de que a pesar de tu aparente soledad hay alguien más que te puede estar mirando, o siguiendo, o quizá no es eso, es el cliché de la inmensidad versus yo, que siento que me devora como en una cena exquisita. Recordé esa vez en que en el mismo lugar hace unos años, también de noche, con mi mamá nos recostamos en una roca a mirar el cielo. La roca aún tibia me abrazaba, la arena áspera acariciaba mi espalda, y mi pecho se enfrentó a la brisa y al cielo totalmente despejado. Al fin vi tantas estrellas como en ningún cielo había visto. Y no solo eso, vimos lucecitas que se desplazaban a una velocidad impresionante. Comenzamos a seguirlas. Llegó mi cuñado y mi hermana también a mirar las estrellas. Mi cuñado, un ingeniero, nos dijo que lo más probable era que fueran satélites que seguían un trayecto en órbita. Pareció creíble en un segundo, hasta que cientos de luces atravesaron el cielo. Perdí la cuenta de cuántas luces vi. En una ocasión, cuando ya el frío empezaba a ganarle al calor de la roca, mi hermana apuntó a una de estas luces. De súbito, la luz cambió su trayecto lineal en 40 grados, y siguió su camino, recto hasta perderse en el cielo. Un escalofrío recorrió mis huesos. No podía sentirme más ignorante, pero también valiente. Enfrenté sin querer a las estrellas y al cielo, quizá como cuántos otros que estuvieron haciéndolo en esta dirección en ese momento. Pero ahora no fui capaz, no al menos sabiéndolo.

jueves, agosto 12

Misión cumplida

Tenía que huir de los horribles monstruos que atacan a niños y a superhéroes en la selva. Después de correr horas y horas por la oscuridad y trepar árboles y empinadísimos cerros, llegaba el momento en que Martín debía atravesar de un salto una enorme quebrada, en cuyo fondo había un sucio pantano. Con sus humildes pies descalzos Martín intentó saltar la posa de barro que estaba a la entrada de la casa. A sus 3 añitos, el intento fue fallido, y cayó de cara al lodo. Quedó mojado, lleno de barro. Sin llorar, siguió jugando. Desde adentro de la casa se oyeron unos gritos de su mamá, lo más probable es que lo haya reprochado por la caída. Le dijo que no tenía pantalones para cambiarle otra vez, ni menos lo lavaría, porque con esta lluvia la ropa no se secará en 4 días más. Lleva diciéndole lo mismo hace una semana. La lluvia no ha parado desde entonces, y él sigue jugando con el mismo pantalón. Los retos de su mamá se acabaron cuando llegó el papá. Como era de esperar, llegó ebrio, y a la entrada cayó en la misma posa en la que se revolcaba el niño. El griterío y los empujones fueron suficientes para que la mujer le lavara los pantalones y se los secara con el brasero dentro del hogar. Con las brasas encendidas, ya de noche, el living-comedor-dormitorio-cocina estaba temperado, y el hombre se dispuso a ver televisión en su plasma nuevo, un orgullo, el fruto de su esfuerzo. Martín seguía allá afuera, saltando posas que cada vez eran más grandes, logrando atravesar quebradas gigantescas sin caer, al fin, allá afuera, a salvo de los monstruos y serpientes que atacan a niños y superhéroes.

viernes, junio 11

De otro lado.

Fue así como tomó su equipaje y se fue remando.
No me pregunten cómo fue que lo conocí. No me acuerdo. Sólo sé que el 29 de febrero despertó al lado mío, durmiendo, extrañamente tan dulce y masculino a la vez. Pasaron las horas, y empezamos a conversar. Así me enteré que tenía 35 años, 8 años más que yo, que tiene 2 hijas mellizas en Comodoro Rivadavia que no conoce, y que les manda cartas todos los meses sin saber si las reciben o no. Que es hijo de un marinero. Y que anoche se vino remando desde el otro lado del lago con su equipaje. De ese lado del lago que es argentino y no chileno. No me pregunten cómo llegó a mi casa, porque no me acuerdo cómo fue que terminó durmiendo ahí. Ni tampoco cómo fue que desperté besándolo.
También me enteré que nunca terminó la escuela, que se escapó de la ciudad cuando tenía 17 años y se fue a vivir al sur, y que un tiempo estuvo viviendo como pescador en una caleta. Se había salvado muchas veces de morir ahogado en el mar, siempre lo pillaban las tormentas cuando partía solo mar adentro. Generalmente partía con un viejo, del que se hizo muy amigo, y que cuando él murió, la desdicha se apropió de su aventura naval, perdió la embarcación y parte de la fortuna que se había hecho en ese lugar. Incluso perdió un amor que tuvo en la caleta, que era precisamente la hija del pescador, la madre de las 2 hijas que aún no conoce, y que les envía cartas todos los años.
No me pregunten cómo fue que terminé besándolo todos los días del mes siguiente, ni cómo fue que empezamos a vivir juntos. Cumplimos un mes el 29 de marzo. Cumplimos 7 meses el 29 de noviembre. Cumplimos 13 meses el 29 de marzo. Pero no cumplimos el año, hasta 4 años más tarde, cuando celebramos el 29 de febrero nuestro aniversario con el nacimiento de Martín.
Las cosas tomaron un curso sumamente espontáneo. Yo no hice ningún esfuerzo. Martin y yo íbamos a buscar la leña, él prendía el fuego, yo lavaba la ropa e iba buscar a Martín al colegio, él cosechaba las verdura y sacrificaba un par de animales. Yo planchaba la ropa, cocinaba, lavaba los platos, le enseñé a leer y a escribir a Martín, jugamos, le enseñé a dibujar, abrí un panadería en la ciudad y él salía a remar. Él fumaba cigarros, muchos de los que llegaban al almacén, y comenzó a beber cerveza. Él empezó a hablarnos cada vez menos.
Cuando cumplimos 5 años de habernos besado, es decir, la época en que deberíamos estar en pleno enamoramiento, las cosas ya no daban para más. Con el adolescente Martín, que tenía en ese entonces 4 años, decidimos llevarlo al doctor. Según el médico de la zona, él había desarrollado un tipo de ¿locura? que no era normal para su edad, porque basándome en mis cálculos, él debió haber tenido en ese momento unos 55 años. Tuve que buscar en los documentos de mi marido sus datos personales. El médico tenía que notificar en una ficha para el ministerio su enfermedad. Me enteré que se llamaba Roberto Valdés, era uruguayo y para mi sorpresa, tenía una orden de arresto internacional desde hace más de 35 años. La orden era tan antigua, que ya ni se sabía por qué la tenía. Al llegar a la casa, Roberto me miró, llorando, como nunca lo había visto. Ahí fue que me contó que había asesinado al viejo de la caleta, a ese viejo que lo acompañaba en la pesca. Al papá de la madre de sus hijas mellizas que aún no conocía. Al viejo le llegaron con el rumor en que Roberto había engañado a su hija. Eso fue cierto, pero no había sido nada importante, él sólo amaba a esa mujer y creía que quizá a ninguna otra en su vida amaría igual. Esa mujer no le quiso hablar más, y por despecho y venganza, Roberto provocó el hundimiento del viejo en el mar. Pero el nunca pensó que lo descubrirían. Su mujer no quiso verlo más a pesar de sus 6 meses de embarazo. Roberto se fue, recorrió la pampa, vivió un par de años en uno de esos pueblos del sur, llegó hasta el lago, armó su bote, cruzó y llegó hasta el patio de mi casa. Yo estaba fumando, un poco embriagada, y así fue como nos conocimos.
No sabía si creerle. Esa misma mañana me habían dicho que Roberto tenía esta demencia precoz. No me calzaba eso último, que yo haya estado embriagada. Nunca he bebido alcohol, ni menos sola, ni menos sola en la casa que mis papás me encargaron que cuidara ese verano. Aún así todo esto sonaba coherente. Comenzó todos los días a decirme más detalles de la historia, y me repetía que no creyera en lo que había dicho el médico, que él no estaba enfermo. Me contó que su mujer se llamaba Pamela, que las mellizas ahora tendrían unos 35 años. Me contó cómo fue que armó la trampa que le hizo al bote del viejo. Me contó con quien había engañado a su mujer y cómo fue que supo el suegro. Me contó toda una historia que sólo él, y ahora yo y Martín, sabíamos. Roberto estaba apenado. Me decía que estos 5 años de matrimonio que teníamos, habían sido un lapso eterno para pensar las cosas y planearlas correctamente. Me decía que necesitaba partir a buscar a esa otra familia que no conocía. Yo no sabía si creerle, ya no tanto por la enfermedad que ponía en duda a cada instante, sino porque estaba viviendo con un completo desconocido.
Todos los días agregaba un detalle nuevo sobre la historia que me había contado. El cuento era muy complejo. Comencé a confundirme, porque cada palabra suya tenía tanto asombro en mí, que yo no sabía si él me estaba mintiendo, si estaba inventando, si estaba hablando de su vida, o si me estaba contando la misma historia que me ha tratado de contar por 20 años y que yo olvido en cada segundo. Él insistía en que quería partir a encontrarse con la tal Pamela y que quería conocer a sus mellizas. Yo estaba sola con mi hijo, no sabíamos decidir. Para mí era difícil; dudando de mi cordura, menos podría decidir si dejaba libre a este pobre loco.
Le dijimos que sí. Llevó unas provisiones de comida. Tomó su maleta, y se fue remando, al otro lado del lago. Pasaron los años, y no recibí cartas suyas. Pensé que quizá lo haría, así como lo hacía con la otra mujer. Nunca me llegó nada. Martín tampoco supo más de él y partió una noche a buscarlo, se fue remando al otro lado del lago.
No quiero que me pregunten cómo fue que me quedé sola. Cómo fui tan torpe que permití esta soledad. El lago y yo fuimos (y somos) los únicos testigos. Nadie entonces supo mi historia.

sábado, abril 3

De piscolas, sandwiches, carne y zanjas.

A don Juan se le habían pasado las copas anoche. Llegó tarde a la casa, ebrio, luego de haber manejado todo el día. Al llegar discutió con Patricia, su señora. Infructuoso debate, Patricia siempre hacía lo mismo pese a que él estuviera ebrio. Las peleas con él en ese estado nunca llevarían a nada. Juan pasó una pésima noche, entre vómitos y regaños, y fue expulsado en la mañana por su señora. Tenía que ir a trabajar. Era chofer de micros, manejaba en el recorrido 501.
La micro iba llena, y él no daba más de sueño. De pronto, pareció haberse pasado un semáforo rojo justo en el instante en que 2 mujeres cruzaban la calle. Tenía 3 opciones: atropellaba a la señora gorda y vieja que venía con una bolsa repleta de pan, atropellaba a la joven que cruzaba en bicicleta en dirección opuesta, o arrollaba a las 2. La resaca lo imposibilitó de pensar, y sólo atino a virar a la derecha. Atropelló a la señora gorda, y de paso lanzó a la ciclista varios metros más allá, cayendo en el barranco que da al canal junto a su bicicleta. En medio de los insultos Juan y toda la multitud que en ese momento estaba en la calle, se acercaron a socorrer a la señora gorda que había sido atropellada. Así fue como Valeria se quedó sola atrapada en los matorrales del borde del canal intentando escapar. Nadie la fue a rescatar.
Valeria vivía sólo con su mamá, que era una bruja. Para variar le ordenó que fuera a comprar carne a unas cuadras de la casa, pero no le dio dinero para el pasaje en micro. Así fue como tomó la bicicleta. Ya venía de vuelta cuando la micro la lanzó por el zanjón. Los perros del indigente que vivía bajo el puente fueron a atacarla de inmediato. Valeria recordó que tenía la carne que había comprado, asi que la lanzó a los perros para calmar su furia, sabiendo que su mamá la golpearía al llegar a la casa. El amo de los perros era un indigente perturbado, y alertado por el ladrido de Laica, miró de lejos a Valeria. Con una mezcla de dolor (por la golpiza de anoche) y lascivia corrió hacia donde estaba ella. Valeria por fin logró soltarse de la bicicleta, y a penas vio que el degenerado venía hacia ella, se lanzó al agua, llegando a un paradero que hasta hoy desconozco.
El indigente sintió que había perdido otra vez (la muchacha era bien bonita). El fracaso era una constante en su vida. Anoche había intentado asaltar una micro, pero no le resultó. El chofer y 2 amigos suyos que iban con él le dieron una paliza que lo habían dejado inmóvil por horas. No supo cómo fue que llegó de nuevo a su guarida, según pensó debieron haber sido sus perros, sus mejores amigos, los mismos que le alertaron hoy que Valeria estaba atrapada en el zanjón.
El chofer y 2 amigos fueron ovacionados por la tripulación de pasajeros. Nunca habían visto una hazaña de tal proeza y valentía. Claro está que cualquiera podría haber sido capaz de golpear a ese indigente, flaco, desganado, tonto. Hasta Valeria podría haberse deshecho de él sin necesidad de lanzarse al río. Emocionados, el chofer y sus 2 amigos después del turno fueron a celebrar a un bar de mala muerte. Uno de sus compadres, Luis, lo invitó. Así, bebieron por horas, desde las 9 de la noche. La dueña del local, la señora Berta, trabajaba hace años en la industria de la sandwichería y los boliches nocturnos. Era muy amiga del compadre Luis. Los invitó a una corrida de piscolas. Pasaron las horas hasta que se hizo tarde, y la señora Berta tuvo que echarlos. Mañana por la mañana debía hacer la compra típica del pan de todos los días. El chofer, que ya casi desconocía su propio nombre, furioso le lanzó los vasos con piscola a Berta. El compadre se fue en su contra, y el otro había desaparecido (nunca supe a dónde se fue). El chofer siguió lanzándole maldiciones a Bertita hasta el trayecto a su casa. Sólo lo escuchaban los perros y los vecinos que se estaban levantando para ir al trabajo. ¿A caso esta señora pretende amargar su vida? Hace tantos años que no hacía una proeza similar, tantos años que no lo asaltaban con la micro medio llena…
Berta se acostó relativamente temprano. Para el borrachito chofer de anoche el tiempo quizá pasaba mucho más lento. Berta se levantó por la mañana a hacer la compra del pan. Hoy, el Luis no vino a trabajar, así que no tenía quien le manejara la camioneta para ir a buscar el pan. En 3 tandas iría a la panadería, esa que está en frente de la carnicería. Fue relativamente fácil. Ya tenía la última bolsa llena de pan. Cuando salió de la panadería, vio que venía Valeria. Salió a apurada corriendo para alcanzarla, porque tenía que mandarle un recado a su mamá, que esta noche sí que iba a su casa para que leyera las cartas. Valeria no la escuchó, y Berta se abalanzó sobre la calle. Ya estaba media ciega la vieja, parece que se había lanzado con roja. No se dio ni cuenta cuando una micro le pasó por encima. Se acercó toda la gente a ver qué le había pasado (aparte de las 2 ruedas de la micro). Entre esos estaba el chofer. La vieja, que ya estaba media ciega, con suerte tenía olfato, y sintió un fuerte olor a alcohol: era el chofer borrachito de anoche. Lamentó haberlo invitado a la última corrida de piscolas. Juan, que ahora sí recordaba su nombre, no recordaba quién era Bertita. A Berta no le pasó nada, por suerte, y no tenía la más mínima furia en contra de Juan. Esco escapaba de los límites de comprensión de Juan, y lo atribuyó a una extraña relación sobrenatural. Llamaron a Luis por teléfono para que traiga la camioneta de la señora Berta y se la lleven a su casa. Para compensar el daño, Juan invitó a la señora Berta y a su compadre, a una corrida de sándwiches y piscolas esa misma noche.