miércoles, abril 9

Perro viejo



¡Qué noche más oscura! Llevaba mucho tiempo en el hospital, se me había hecho tarde. Ni abrigo traje para devolverme, lo que sentí más que nunca por el frío que hacía. Ya doblando por mi calle no se divisaba nada, era mi soledad la única que me acompañaba, y de pronto, lo hizo un perro.

No es que me haya hecho compañía de forma intencional. No me siguió, no me olió. Simplemente el perro estaba ahí. La verdad, no tengo idea de razas de perros ni de linajes caninos, sólo sé que a mi parecer ignorante sí era de raza. Se notaba que en algún momento de su perra vida fue un lindo animal, educado, decente. Pero ahora estaba viejo y con mucho frío. Tanto frío tenía que me provocó pena –no lástima– y una inusual sensación de ternura, que me acerqué y lo acaricié. Pobre perro solo. ¿Yo haciéndole cariño a un perro? No entendía lo que me estaba pasando, sin embargo, lo miré fijamente y por poco tiempo, lo tomé en brazos y me lo llevé al departamento.

En parte pensé que era estúpido tener un perro en un departamento. ¿Qué hago con él? Paso poca parte del día en mi hogar, jamás podría hacerme cargo del animal. ¡Qué dirá mi hermana, si jamás hemos cuidado un perro?; ni imaginar tener uno en nuestro departamento. Lo podría pasar mal él, se podía estresar… No importó, todo el conflicto se me olvidó y simplemente lo dejé ahí. Pasaría menos frío que en la calle. Estaría mejor.

Los días pasaron y fui olvidando al perro. Llegaba cansada en la noche, tenía mucho que estudiar, debía cumplir otros deberes. Hasta que un día me percato que jamás le había dado comida. ¿Cómo es que se debe cuidar? No tengo idea de crianza de animales – aunque a esta altura de su vida es bien poco lo que se podía criar–.  Le dejé un plato con agua y comida para perros. Sería suficiente.

¿El perro habrá hecho caca en el departamento? ¿Lo habrá orinado en alguna esquina? ¡Qué desastre! La alfombra podría estar sucia y no la quiero limpiar, las paredes, también, el piso podría tener pelos de perro, etc… Después de ciertos días que ya olvidé que pasaron, tomé al perro, que hay que recordar que era muy grande, viejo y a mal traer, y lo saqué cuando ya estaba atardeciendo a la calle para que haga sus necesidades. Por suerte el anciano educado no hizo ningún destrozo, y se aguantó de orinar quién sabe cuántos días. Sin correa de perro, sólo con una cuerda al cuello improvisada lo saqué. 

No quise mirar, yo sólo caminé. En parte por deber, pero admito que el asco que me daba acompañarlo a hacer cosas de perros era intolerable. Lamentablemente mi gesto despertó en el perro un genuino amor hacia mí, vi en su mirada seca y amarilla algo de esperanza (aterradora).

De vuelta a la casa, aún quedaba luz del atardecer y vi detalles de él. Su pelaje estaba enfermo, con muchos pelones, caspa en su piel, enflaquecido, ni podía caminar bien por el tiritón de sus patas. Sentí que su imagen fría de un comienzo se tornaba más cálida. Pero yo no quiero calidez. Quién sabe por qué me llevé al perro, pero claramente nunca me han interesado los perros.

Llegaba la noche y el perro me estresó. ¿Qué hago con él? No podía dejar de pensar en el perro, en qué diría mi hermana, en cómo dejaría el departamento, en que no tengo tiempo, en que está enfermo y no sé qué hacer con eso…

Se acabó. Mi plan era ideal. El perro viejo, que cada segundo que pasa se ponía más agónico y viejo, pero también más gigante, tenía que irse de mi departamento. Sea como sea, era una lástima, pero todo el cariño que me tuvo va a tener que morir. Hasta aquí llegamos, yo simplemente no podía con él. No quiero, no puedo y no sé cómo se hace. No sé de perros, no sabré de ellos ni me interesa.

Lo bajé sin cuerda a la calle, tan fría como la primera vez que lo vi. Afuera estaba mi familia, tuve alguna intención de presentarles al perro, por el leve y escaso amor que me tomó, (aunque yo tampoco le quitaba el sueño)  o  por "ese respeto que se debe tener a todo”. En fin, no lo presenté, me dio vergüenza. Caminé con él hasta la esquina, y justo había otros perros 100 m más allá. El perro viejo no entendía nada, no sabía dónde estaba, ya no veía, con suerte escuchaba. Hice como que iba a jugar con él, y le lancé un objeto para que corriera. Alcanzó la pelota, pero yo le gritaba “corre, perro viejo, corre”, para que se fuera más lejos y más lejos. Me hizo caso, yo creo que él tampoco sin saber por qué, pero se fue, se perdió, y logré no verlo más. Entré rápido al edificio y cerré la puerta. En una de esas había vuelto, pero daba lo mismo, yo ya no sabría. Lo más probable es que haya muerto, porque la vorágine de su vejez lo consumía inevitablemente.

No sé qué pensaría el perro viejo con lo que le hice, qué escribiría él. Pero es mejor no pensarlo, y acostarme a dormir.


                Buenas noches. 

(pd: Aclaro que esto es sólo un cuento, y soy una persona normal que respeta a los animales, tengo buenos sentimientos cristianos)

1 comentario:

  1. Bonito cuento, pero yo que tu me hubiese ahorrado la explicacion final, desde no se que pensaria este perro en adelante

    ResponderEliminar