Yo quería que el mundo se detuviera. Esto no se trataba de cualquier cosa, de algo sencillo, de algo pequeño: se trata de un triste desenlace para el protagonismo de mi película. Si no pude participar abiertamente en el guión, si nadie me preguntó si yo quería ese final… para mí la historia se acabó, y junto con eso, el mundo entero se debió haber detenido. No quería que las nubes pasaran tan rápido, no quería oír los motores de los autos transitar por fuera de esta estación, no quería que el hambre interrumpiera nuestra despedida para tener que ir a buscar algo para comer. Yo exigía débilmente, ya sin fuerza y cansada de las últimas horas de nuestro viaje, que el mundo se detuviera. Lamentablemente, comencé mi viaje justo al final del tuyo.
El tiempo no me hizo caso y sonaron las alarmas. En ese vaivén del viaje, que uno lo juzga como cruel, me fui sometiendo, me fui disolviendo, hasta que me di cuenta que algo o alguien que desconozco ya me había encajado en un asiento de este vagón. El tren no me iba a esperar más, debía entregar mi pasaje, tomar mis maletas junto con nuestras 2 compañeras, y seguir. He mirado la ventana, pensando en todo lo que quedaba en el pasado que era tan mío que me dolía dejar, y en el largo trayecto que los rieles dibujaban para mí en el paisaje. Yo nunca te quise dejar en la estación, pero tú sabes que nuestros destinos fueron más rápidos, más astutos que nosotras y que de la nada nos sorprendió con estas cosas que parecen injustas. De todos modos eso quedó atrás, en ese viaje que fue tan mío y es presente, constante: vas por fuera de mi ventana, en el reflejo, como dándome consejos,mirándome con cariño. Sé que no te puedo tocar, eres reflejo, eres luz y yo sólo soy carne y ojos que te miran hacia la ventana.
Estoy segura que notaste que al dejarte en tu estación se subió conmigo otro pasajero. Hemos ido conversando, y en los momentos de silencio yo sé que él es testigo de cómo te miro por mi ventana, él ha ido componiendo de a poco las luces que conforman tu rostro. Quizá el desierto que cruza el tren merece la oportunidad de ser recorrido, a lo mejor no todo es tan inhóspito como pensaba. Cuando llegue a la próxima estación te mandaré una carta por correo, como esta, para contarte con ansias todo lo que vivido y que me hubiese encantado compartir contigo. Nunca olvides que te te seguiré amando, incluso el día en que al fin nos encontremos en la última estación.
Sofía.
sábado, abril 23
miércoles, marzo 30
Manifiesto y credo escéptico al escepticismo

No me pidan que sonría más de la mitad del tiempo, ni que no llore menos de la mayor parte del día. No me pidan que no cumpla los criterios ni que me vista de uniforme.
A mí sólo me queda masticar el llanto, tragarme tu silencio y moler el vacío, que ya lo estoy haciendo propio. Sólo me queda soñarte, sentirte y hablarte, de vez en cuando, a veces, pensarte casi siempre. Sólo me queda soñarte (vivirte), aunque parte de esos sueños es despertar en medio de una pesadilla ligera.
Creo más en tu presencia ausente que en tu muerte, no creo en la irrealidad ni me convence el escepticismo. Ni creo en los libros que intentan describirme, ni creo en las observaciones, inútiles, que a la hora del análisis y consejo no pueden dar una palabra, se quedan mudas. ¿Aún no tienen el antídoto contra el dolor? Si no me dan el remedio mágico, entonces no puede haber convencimiento.
Es por eso que perseveraré. Creo en ti, a tu palabra sabia, a tus creencias en un buena parte, no por necesidad, sino por convicción irrebatible, por certeza absoluta de quien experimenta.
jueves, marzo 3
No recuerdo bien cómo llegué ahí, sólo puedo decir que de pronto me encontraba perdida en una playa. Tenía muchas rocas y conchas negras, salpicada con tramas de arena blanca. Había hartas personas, pero no tantas, y el mar se veía azul con tonos celestes justo donde la arena se tornaba más clara. No tenía idea dónde estaba, con quién estaba o qué hacía ahí. Eso me preocupaba, pero no tanto. En medio de mi desánimo indiferente, vi que un poco más allá había sólo arena blanca, el mar era celeste y había menos olas. Decidí acercarme. Si bien parecía ser uno de los lugares en los que siempre he querido estar, no lo era. No me fascinaba del todo, el entorno era imperfecto.
De súbito, apareció una banda de hombres cubiertos de túnicas blancas y negras, las que tenían capuchas puntiagudas y altas. Me dio la impresión que perseguían personas para molestarlas, al igual que los mimos en el centro cuando intentan mofarse de los peatones a sus espaldas. Me incomodó tanto su presencia, que apuré mi paso y empecé a correr por la playa muy ligeramente hacia el lugar de la arena blanca. De golpe en mi trote divise claramente la figura de mi mamá, quien me miraba con una tierna sonrisa. Al irme acercando me di cuenta que no era ella, sino que casi era ella. Era igual, o más bien dicho, casi igual. Tenía el pelo más claro, y quizá estaba un poco más flaca. A su lado estaba mi hermana, que tampoco era mi hermana, sino que era casi ella, y atrás estaba mi tío y mi tía, que con diferencias graciosas (como un rizo o el cabello de otro color) eran casi ellos también. De igual modo, fui hacia ellos, hasta que tuve a mi madre frente a mí.
-Tú sabes que no soy la misma, ¿cierto?- me dijo, mirándome con picardía y complicidad. -Sí, lo sé- le respondí. La abracé y la acaricié hasta despertar.
De súbito, apareció una banda de hombres cubiertos de túnicas blancas y negras, las que tenían capuchas puntiagudas y altas. Me dio la impresión que perseguían personas para molestarlas, al igual que los mimos en el centro cuando intentan mofarse de los peatones a sus espaldas. Me incomodó tanto su presencia, que apuré mi paso y empecé a correr por la playa muy ligeramente hacia el lugar de la arena blanca. De golpe en mi trote divise claramente la figura de mi mamá, quien me miraba con una tierna sonrisa. Al irme acercando me di cuenta que no era ella, sino que casi era ella. Era igual, o más bien dicho, casi igual. Tenía el pelo más claro, y quizá estaba un poco más flaca. A su lado estaba mi hermana, que tampoco era mi hermana, sino que era casi ella, y atrás estaba mi tío y mi tía, que con diferencias graciosas (como un rizo o el cabello de otro color) eran casi ellos también. De igual modo, fui hacia ellos, hasta que tuve a mi madre frente a mí.
-Tú sabes que no soy la misma, ¿cierto?- me dijo, mirándome con picardía y complicidad. -Sí, lo sé- le respondí. La abracé y la acaricié hasta despertar.
domingo, noviembre 21
El desquite
Sed de venganza, ¿y contra quién?
He sentido un odio profundo contra nada todos estos días.
No creo en Dios, pero le creo,
Le hablo a veces y le pido cosas.
Lo único malo de hablarle es que no me responde,
No sé, quizá me manda indirectas, algo me quiere decir con el silencio.
¿Qué espera?¿Que luego de humillarme me arrodille frente a él?
¿A caso esta vez consideraría mis súplicas?¿En qué idioma le hablo, Señor?
Quizá somos lo suficientemente miserables como para que él no nos quiera mirar a los ojos,o estamos fuera del alcance de su santa inquisición.
Esta vez no le voy a rezar, no le pediré nada
Aunque quizá si lo hago podría conseguir algo,
Aunque me gane la tentación de rezarle, de comerme su manzana roja.
Le juro, Señor, que le seré fiel,
No caeré de nuevo en la tentación, me libraré del mal.
Amén.
He sentido un odio profundo contra nada todos estos días.
No creo en Dios, pero le creo,
Le hablo a veces y le pido cosas.
Lo único malo de hablarle es que no me responde,
No sé, quizá me manda indirectas, algo me quiere decir con el silencio.
¿Qué espera?¿Que luego de humillarme me arrodille frente a él?
¿A caso esta vez consideraría mis súplicas?¿En qué idioma le hablo, Señor?
Quizá somos lo suficientemente miserables como para que él no nos quiera mirar a los ojos,o estamos fuera del alcance de su santa inquisición.
Esta vez no le voy a rezar, no le pediré nada
Aunque quizá si lo hago podría conseguir algo,
Aunque me gane la tentación de rezarle, de comerme su manzana roja.
Le juro, Señor, que le seré fiel,
No caeré de nuevo en la tentación, me libraré del mal.
Amén.
martes, agosto 24
Hubo una vez en que enfrenté al cielo.
Estábamos en la carpa conversando de otras cosas. De pronto, se acabó el agua y me tocó salir a buscar el bidón que estaba en al auto. Era de noche. En el desierto la luna era inmensa e iluminaba todos los rincones, sin embargo, el silencio, el ruido del mar, el cielo oscurísimo con el festival de destellos hizo que en medio de mi admiración no sintiera sino miedo, y en cuanto tuve la botella con agua en mis manos, volví corriendo sin mirar atrás y entré a la carpa. La cobardía no me había superado de forma tan estúpida desde que era una niña. Él me preguntó qué me pasaba, sólo atiné a preguntarle “¿a caso no le da pudor el cielo de la noche?”. Esa sensación tan extraña de que a pesar de tu aparente soledad hay alguien más que te puede estar mirando, o siguiendo, o quizá no es eso, es el cliché de la inmensidad versus yo, que siento que me devora como en una cena exquisita. Recordé esa vez en que en el mismo lugar hace unos años, también de noche, con mi mamá nos recostamos en una roca a mirar el cielo. La roca aún tibia me abrazaba, la arena áspera acariciaba mi espalda, y mi pecho se enfrentó a la brisa y al cielo totalmente despejado. Al fin vi tantas estrellas como en ningún cielo había visto. Y no solo eso, vimos lucecitas que se desplazaban a una velocidad impresionante. Comenzamos a seguirlas. Llegó mi cuñado y mi hermana también a mirar las estrellas. Mi cuñado, un ingeniero, nos dijo que lo más probable era que fueran satélites que seguían un trayecto en órbita. Pareció creíble en un segundo, hasta que cientos de luces atravesaron el cielo. Perdí la cuenta de cuántas luces vi. En una ocasión, cuando ya el frío empezaba a ganarle al calor de la roca, mi hermana apuntó a una de estas luces. De súbito, la luz cambió su trayecto lineal en 40 grados, y siguió su camino, recto hasta perderse en el cielo. Un escalofrío recorrió mis huesos. No podía sentirme más ignorante, pero también valiente. Enfrenté sin querer a las estrellas y al cielo, quizá como cuántos otros que estuvieron haciéndolo en esta dirección en ese momento. Pero ahora no fui capaz, no al menos sabiéndolo.
jueves, agosto 12
Misión cumplida
Tenía que huir de los horribles monstruos que atacan a niños y a superhéroes en la selva. Después de correr horas y horas por la oscuridad y trepar árboles y empinadísimos cerros, llegaba el momento en que Martín debía atravesar de un salto una enorme quebrada, en cuyo fondo había un sucio pantano. Con sus humildes pies descalzos Martín intentó saltar la posa de barro que estaba a la entrada de la casa. A sus 3 añitos, el intento fue fallido, y cayó de cara al lodo. Quedó mojado, lleno de barro. Sin llorar, siguió jugando. Desde adentro de la casa se oyeron unos gritos de su mamá, lo más probable es que lo haya reprochado por la caída. Le dijo que no tenía pantalones para cambiarle otra vez, ni menos lo lavaría, porque con esta lluvia la ropa no se secará en 4 días más. Lleva diciéndole lo mismo hace una semana. La lluvia no ha parado desde entonces, y él sigue jugando con el mismo pantalón. Los retos de su mamá se acabaron cuando llegó el papá. Como era de esperar, llegó ebrio, y a la entrada cayó en la misma posa en la que se revolcaba el niño. El griterío y los empujones fueron suficientes para que la mujer le lavara los pantalones y se los secara con el brasero dentro del hogar. Con las brasas encendidas, ya de noche, el living-comedor-dormitorio-cocina estaba temperado, y el hombre se dispuso a ver televisión en su plasma nuevo, un orgullo, el fruto de su esfuerzo. Martín seguía allá afuera, saltando posas que cada vez eran más grandes, logrando atravesar quebradas gigantescas sin caer, al fin, allá afuera, a salvo de los monstruos y serpientes que atacan a niños y superhéroes.
viernes, junio 11
De otro lado.
Fue así como tomó su equipaje y se fue remando.
No me pregunten cómo fue que lo conocí. No me acuerdo. Sólo sé que el 29 de febrero despertó al lado mío, durmiendo, extrañamente tan dulce y masculino a la vez. Pasaron las horas, y empezamos a conversar. Así me enteré que tenía 35 años, 8 años más que yo, que tiene 2 hijas mellizas en Comodoro Rivadavia que no conoce, y que les manda cartas todos los meses sin saber si las reciben o no. Que es hijo de un marinero. Y que anoche se vino remando desde el otro lado del lago con su equipaje. De ese lado del lago que es argentino y no chileno. No me pregunten cómo llegó a mi casa, porque no me acuerdo cómo fue que terminó durmiendo ahí. Ni tampoco cómo fue que desperté besándolo.
También me enteré que nunca terminó la escuela, que se escapó de la ciudad cuando tenía 17 años y se fue a vivir al sur, y que un tiempo estuvo viviendo como pescador en una caleta. Se había salvado muchas veces de morir ahogado en el mar, siempre lo pillaban las tormentas cuando partía solo mar adentro. Generalmente partía con un viejo, del que se hizo muy amigo, y que cuando él murió, la desdicha se apropió de su aventura naval, perdió la embarcación y parte de la fortuna que se había hecho en ese lugar. Incluso perdió un amor que tuvo en la caleta, que era precisamente la hija del pescador, la madre de las 2 hijas que aún no conoce, y que les envía cartas todos los años.
No me pregunten cómo fue que terminé besándolo todos los días del mes siguiente, ni cómo fue que empezamos a vivir juntos. Cumplimos un mes el 29 de marzo. Cumplimos 7 meses el 29 de noviembre. Cumplimos 13 meses el 29 de marzo. Pero no cumplimos el año, hasta 4 años más tarde, cuando celebramos el 29 de febrero nuestro aniversario con el nacimiento de Martín.
Las cosas tomaron un curso sumamente espontáneo. Yo no hice ningún esfuerzo. Martin y yo íbamos a buscar la leña, él prendía el fuego, yo lavaba la ropa e iba buscar a Martín al colegio, él cosechaba las verdura y sacrificaba un par de animales. Yo planchaba la ropa, cocinaba, lavaba los platos, le enseñé a leer y a escribir a Martín, jugamos, le enseñé a dibujar, abrí un panadería en la ciudad y él salía a remar. Él fumaba cigarros, muchos de los que llegaban al almacén, y comenzó a beber cerveza. Él empezó a hablarnos cada vez menos.
Cuando cumplimos 5 años de habernos besado, es decir, la época en que deberíamos estar en pleno enamoramiento, las cosas ya no daban para más. Con el adolescente Martín, que tenía en ese entonces 4 años, decidimos llevarlo al doctor. Según el médico de la zona, él había desarrollado un tipo de ¿locura? que no era normal para su edad, porque basándome en mis cálculos, él debió haber tenido en ese momento unos 55 años. Tuve que buscar en los documentos de mi marido sus datos personales. El médico tenía que notificar en una ficha para el ministerio su enfermedad. Me enteré que se llamaba Roberto Valdés, era uruguayo y para mi sorpresa, tenía una orden de arresto internacional desde hace más de 35 años. La orden era tan antigua, que ya ni se sabía por qué la tenía. Al llegar a la casa, Roberto me miró, llorando, como nunca lo había visto. Ahí fue que me contó que había asesinado al viejo de la caleta, a ese viejo que lo acompañaba en la pesca. Al papá de la madre de sus hijas mellizas que aún no conocía. Al viejo le llegaron con el rumor en que Roberto había engañado a su hija. Eso fue cierto, pero no había sido nada importante, él sólo amaba a esa mujer y creía que quizá a ninguna otra en su vida amaría igual. Esa mujer no le quiso hablar más, y por despecho y venganza, Roberto provocó el hundimiento del viejo en el mar. Pero el nunca pensó que lo descubrirían. Su mujer no quiso verlo más a pesar de sus 6 meses de embarazo. Roberto se fue, recorrió la pampa, vivió un par de años en uno de esos pueblos del sur, llegó hasta el lago, armó su bote, cruzó y llegó hasta el patio de mi casa. Yo estaba fumando, un poco embriagada, y así fue como nos conocimos.
No sabía si creerle. Esa misma mañana me habían dicho que Roberto tenía esta demencia precoz. No me calzaba eso último, que yo haya estado embriagada. Nunca he bebido alcohol, ni menos sola, ni menos sola en la casa que mis papás me encargaron que cuidara ese verano. Aún así todo esto sonaba coherente. Comenzó todos los días a decirme más detalles de la historia, y me repetía que no creyera en lo que había dicho el médico, que él no estaba enfermo. Me contó que su mujer se llamaba Pamela, que las mellizas ahora tendrían unos 35 años. Me contó cómo fue que armó la trampa que le hizo al bote del viejo. Me contó con quien había engañado a su mujer y cómo fue que supo el suegro. Me contó toda una historia que sólo él, y ahora yo y Martín, sabíamos. Roberto estaba apenado. Me decía que estos 5 años de matrimonio que teníamos, habían sido un lapso eterno para pensar las cosas y planearlas correctamente. Me decía que necesitaba partir a buscar a esa otra familia que no conocía. Yo no sabía si creerle, ya no tanto por la enfermedad que ponía en duda a cada instante, sino porque estaba viviendo con un completo desconocido.
Todos los días agregaba un detalle nuevo sobre la historia que me había contado. El cuento era muy complejo. Comencé a confundirme, porque cada palabra suya tenía tanto asombro en mí, que yo no sabía si él me estaba mintiendo, si estaba inventando, si estaba hablando de su vida, o si me estaba contando la misma historia que me ha tratado de contar por 20 años y que yo olvido en cada segundo. Él insistía en que quería partir a encontrarse con la tal Pamela y que quería conocer a sus mellizas. Yo estaba sola con mi hijo, no sabíamos decidir. Para mí era difícil; dudando de mi cordura, menos podría decidir si dejaba libre a este pobre loco.
Le dijimos que sí. Llevó unas provisiones de comida. Tomó su maleta, y se fue remando, al otro lado del lago. Pasaron los años, y no recibí cartas suyas. Pensé que quizá lo haría, así como lo hacía con la otra mujer. Nunca me llegó nada. Martín tampoco supo más de él y partió una noche a buscarlo, se fue remando al otro lado del lago.
No quiero que me pregunten cómo fue que me quedé sola. Cómo fui tan torpe que permití esta soledad. El lago y yo fuimos (y somos) los únicos testigos. Nadie entonces supo mi historia.
No me pregunten cómo fue que lo conocí. No me acuerdo. Sólo sé que el 29 de febrero despertó al lado mío, durmiendo, extrañamente tan dulce y masculino a la vez. Pasaron las horas, y empezamos a conversar. Así me enteré que tenía 35 años, 8 años más que yo, que tiene 2 hijas mellizas en Comodoro Rivadavia que no conoce, y que les manda cartas todos los meses sin saber si las reciben o no. Que es hijo de un marinero. Y que anoche se vino remando desde el otro lado del lago con su equipaje. De ese lado del lago que es argentino y no chileno. No me pregunten cómo llegó a mi casa, porque no me acuerdo cómo fue que terminó durmiendo ahí. Ni tampoco cómo fue que desperté besándolo.
También me enteré que nunca terminó la escuela, que se escapó de la ciudad cuando tenía 17 años y se fue a vivir al sur, y que un tiempo estuvo viviendo como pescador en una caleta. Se había salvado muchas veces de morir ahogado en el mar, siempre lo pillaban las tormentas cuando partía solo mar adentro. Generalmente partía con un viejo, del que se hizo muy amigo, y que cuando él murió, la desdicha se apropió de su aventura naval, perdió la embarcación y parte de la fortuna que se había hecho en ese lugar. Incluso perdió un amor que tuvo en la caleta, que era precisamente la hija del pescador, la madre de las 2 hijas que aún no conoce, y que les envía cartas todos los años.
No me pregunten cómo fue que terminé besándolo todos los días del mes siguiente, ni cómo fue que empezamos a vivir juntos. Cumplimos un mes el 29 de marzo. Cumplimos 7 meses el 29 de noviembre. Cumplimos 13 meses el 29 de marzo. Pero no cumplimos el año, hasta 4 años más tarde, cuando celebramos el 29 de febrero nuestro aniversario con el nacimiento de Martín.
Las cosas tomaron un curso sumamente espontáneo. Yo no hice ningún esfuerzo. Martin y yo íbamos a buscar la leña, él prendía el fuego, yo lavaba la ropa e iba buscar a Martín al colegio, él cosechaba las verdura y sacrificaba un par de animales. Yo planchaba la ropa, cocinaba, lavaba los platos, le enseñé a leer y a escribir a Martín, jugamos, le enseñé a dibujar, abrí un panadería en la ciudad y él salía a remar. Él fumaba cigarros, muchos de los que llegaban al almacén, y comenzó a beber cerveza. Él empezó a hablarnos cada vez menos.
Cuando cumplimos 5 años de habernos besado, es decir, la época en que deberíamos estar en pleno enamoramiento, las cosas ya no daban para más. Con el adolescente Martín, que tenía en ese entonces 4 años, decidimos llevarlo al doctor. Según el médico de la zona, él había desarrollado un tipo de ¿locura? que no era normal para su edad, porque basándome en mis cálculos, él debió haber tenido en ese momento unos 55 años. Tuve que buscar en los documentos de mi marido sus datos personales. El médico tenía que notificar en una ficha para el ministerio su enfermedad. Me enteré que se llamaba Roberto Valdés, era uruguayo y para mi sorpresa, tenía una orden de arresto internacional desde hace más de 35 años. La orden era tan antigua, que ya ni se sabía por qué la tenía. Al llegar a la casa, Roberto me miró, llorando, como nunca lo había visto. Ahí fue que me contó que había asesinado al viejo de la caleta, a ese viejo que lo acompañaba en la pesca. Al papá de la madre de sus hijas mellizas que aún no conocía. Al viejo le llegaron con el rumor en que Roberto había engañado a su hija. Eso fue cierto, pero no había sido nada importante, él sólo amaba a esa mujer y creía que quizá a ninguna otra en su vida amaría igual. Esa mujer no le quiso hablar más, y por despecho y venganza, Roberto provocó el hundimiento del viejo en el mar. Pero el nunca pensó que lo descubrirían. Su mujer no quiso verlo más a pesar de sus 6 meses de embarazo. Roberto se fue, recorrió la pampa, vivió un par de años en uno de esos pueblos del sur, llegó hasta el lago, armó su bote, cruzó y llegó hasta el patio de mi casa. Yo estaba fumando, un poco embriagada, y así fue como nos conocimos.
No sabía si creerle. Esa misma mañana me habían dicho que Roberto tenía esta demencia precoz. No me calzaba eso último, que yo haya estado embriagada. Nunca he bebido alcohol, ni menos sola, ni menos sola en la casa que mis papás me encargaron que cuidara ese verano. Aún así todo esto sonaba coherente. Comenzó todos los días a decirme más detalles de la historia, y me repetía que no creyera en lo que había dicho el médico, que él no estaba enfermo. Me contó que su mujer se llamaba Pamela, que las mellizas ahora tendrían unos 35 años. Me contó cómo fue que armó la trampa que le hizo al bote del viejo. Me contó con quien había engañado a su mujer y cómo fue que supo el suegro. Me contó toda una historia que sólo él, y ahora yo y Martín, sabíamos. Roberto estaba apenado. Me decía que estos 5 años de matrimonio que teníamos, habían sido un lapso eterno para pensar las cosas y planearlas correctamente. Me decía que necesitaba partir a buscar a esa otra familia que no conocía. Yo no sabía si creerle, ya no tanto por la enfermedad que ponía en duda a cada instante, sino porque estaba viviendo con un completo desconocido.
Todos los días agregaba un detalle nuevo sobre la historia que me había contado. El cuento era muy complejo. Comencé a confundirme, porque cada palabra suya tenía tanto asombro en mí, que yo no sabía si él me estaba mintiendo, si estaba inventando, si estaba hablando de su vida, o si me estaba contando la misma historia que me ha tratado de contar por 20 años y que yo olvido en cada segundo. Él insistía en que quería partir a encontrarse con la tal Pamela y que quería conocer a sus mellizas. Yo estaba sola con mi hijo, no sabíamos decidir. Para mí era difícil; dudando de mi cordura, menos podría decidir si dejaba libre a este pobre loco.
Le dijimos que sí. Llevó unas provisiones de comida. Tomó su maleta, y se fue remando, al otro lado del lago. Pasaron los años, y no recibí cartas suyas. Pensé que quizá lo haría, así como lo hacía con la otra mujer. Nunca me llegó nada. Martín tampoco supo más de él y partió una noche a buscarlo, se fue remando al otro lado del lago.
No quiero que me pregunten cómo fue que me quedé sola. Cómo fui tan torpe que permití esta soledad. El lago y yo fuimos (y somos) los únicos testigos. Nadie entonces supo mi historia.
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