sábado, abril 23

Carta escrita a una madre desde un vagón del tren

Yo quería que el mundo se detuviera. Esto no se trataba de cualquier cosa, de algo sencillo, de algo pequeño: se trata de un triste desenlace para el protagonismo de mi película. Si no pude participar abiertamente en el guión, si nadie me preguntó si yo quería ese final… para mí la historia se acabó, y junto con eso, el mundo entero se debió haber detenido. No quería que las nubes pasaran tan rápido, no quería oír los motores de los autos transitar por fuera de esta estación, no quería que el hambre interrumpiera nuestra despedida para tener que ir a buscar algo para comer. Yo exigía débilmente, ya sin fuerza y cansada de las últimas horas de nuestro viaje, que el mundo se detuviera. Lamentablemente, comencé mi viaje justo al final del tuyo.

El tiempo no me hizo caso y sonaron las alarmas. En ese vaivén del viaje, que uno lo juzga como cruel, me fui sometiendo, me fui disolviendo, hasta que me di cuenta que algo o alguien que desconozco ya me había encajado en un asiento de este vagón. El tren no me iba a esperar más, debía entregar mi pasaje, tomar mis maletas junto con nuestras 2 compañeras, y seguir. He mirado la ventana, pensando en todo lo que quedaba en el pasado que era tan mío que me dolía dejar, y en el largo trayecto que los rieles dibujaban para mí en el paisaje. Yo nunca te quise dejar en la estación, pero tú sabes que nuestros destinos fueron más rápidos, más astutos que nosotras y que de la nada nos sorprendió con estas cosas que parecen injustas. De todos modos eso quedó atrás, en ese viaje que fue tan mío y es presente, constante: vas por fuera de mi ventana, en el reflejo, como dándome consejos,mirándome con cariño. Sé que no te puedo tocar, eres reflejo, eres luz y yo sólo soy carne y ojos que te miran hacia la ventana.

Estoy segura que notaste que al dejarte en tu estación se subió conmigo otro pasajero. Hemos ido conversando, y en los momentos de silencio yo sé que él es testigo de cómo te miro por mi ventana, él ha ido componiendo de a poco las luces que conforman tu rostro. Quizá el desierto que cruza el tren merece la oportunidad de ser recorrido, a lo mejor no todo es tan inhóspito como pensaba. Cuando llegue a la próxima estación te mandaré una carta por correo, como esta, para contarte con ansias todo lo que vivido y que me hubiese encantado compartir contigo. Nunca olvides que te te seguiré amando, incluso el día en que al fin nos encontremos en la última estación.


Sofía.

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