domingo, noviembre 21

El desquite

Sed de venganza, ¿y contra quién?
He sentido un odio profundo contra nada todos estos días.
No creo en Dios, pero le creo,
Le hablo a veces y le pido cosas.
Lo único malo de hablarle es que no me responde,
No sé, quizá me manda indirectas, algo me quiere decir con el silencio.
¿Qué espera?¿Que luego de humillarme me arrodille frente a él?
¿A caso esta vez consideraría mis súplicas?¿En qué idioma le hablo, Señor?
Quizá somos lo suficientemente miserables como para que él no nos quiera mirar a los ojos,o estamos fuera del alcance de su santa inquisición.
Esta vez no le voy a rezar, no le pediré nada
Aunque quizá si lo hago podría conseguir algo,
Aunque me gane la tentación de rezarle, de comerme su manzana roja.
Le juro, Señor, que le seré fiel,
No caeré de nuevo en la tentación, me libraré del mal.
Amén.

martes, agosto 24

Hubo una vez en que enfrenté al cielo.

Estábamos en la carpa conversando de otras cosas. De pronto, se acabó el agua y me tocó salir a buscar el bidón que estaba en al auto. Era de noche. En el desierto la luna era inmensa e iluminaba todos los rincones, sin embargo, el silencio, el ruido del mar, el cielo oscurísimo con el festival de destellos hizo que en medio de mi admiración no sintiera sino miedo, y en cuanto tuve la botella con agua en mis manos, volví corriendo sin mirar atrás y entré a la carpa. La cobardía no me había superado de forma tan estúpida desde que era una niña. Él me preguntó qué me pasaba, sólo atiné a preguntarle “¿a caso no le da pudor el cielo de la noche?”. Esa sensación tan extraña de que a pesar de tu aparente soledad hay alguien más que te puede estar mirando, o siguiendo, o quizá no es eso, es el cliché de la inmensidad versus yo, que siento que me devora como en una cena exquisita. Recordé esa vez en que en el mismo lugar hace unos años, también de noche, con mi mamá nos recostamos en una roca a mirar el cielo. La roca aún tibia me abrazaba, la arena áspera acariciaba mi espalda, y mi pecho se enfrentó a la brisa y al cielo totalmente despejado. Al fin vi tantas estrellas como en ningún cielo había visto. Y no solo eso, vimos lucecitas que se desplazaban a una velocidad impresionante. Comenzamos a seguirlas. Llegó mi cuñado y mi hermana también a mirar las estrellas. Mi cuñado, un ingeniero, nos dijo que lo más probable era que fueran satélites que seguían un trayecto en órbita. Pareció creíble en un segundo, hasta que cientos de luces atravesaron el cielo. Perdí la cuenta de cuántas luces vi. En una ocasión, cuando ya el frío empezaba a ganarle al calor de la roca, mi hermana apuntó a una de estas luces. De súbito, la luz cambió su trayecto lineal en 40 grados, y siguió su camino, recto hasta perderse en el cielo. Un escalofrío recorrió mis huesos. No podía sentirme más ignorante, pero también valiente. Enfrenté sin querer a las estrellas y al cielo, quizá como cuántos otros que estuvieron haciéndolo en esta dirección en ese momento. Pero ahora no fui capaz, no al menos sabiéndolo.

jueves, agosto 12

Misión cumplida

Tenía que huir de los horribles monstruos que atacan a niños y a superhéroes en la selva. Después de correr horas y horas por la oscuridad y trepar árboles y empinadísimos cerros, llegaba el momento en que Martín debía atravesar de un salto una enorme quebrada, en cuyo fondo había un sucio pantano. Con sus humildes pies descalzos Martín intentó saltar la posa de barro que estaba a la entrada de la casa. A sus 3 añitos, el intento fue fallido, y cayó de cara al lodo. Quedó mojado, lleno de barro. Sin llorar, siguió jugando. Desde adentro de la casa se oyeron unos gritos de su mamá, lo más probable es que lo haya reprochado por la caída. Le dijo que no tenía pantalones para cambiarle otra vez, ni menos lo lavaría, porque con esta lluvia la ropa no se secará en 4 días más. Lleva diciéndole lo mismo hace una semana. La lluvia no ha parado desde entonces, y él sigue jugando con el mismo pantalón. Los retos de su mamá se acabaron cuando llegó el papá. Como era de esperar, llegó ebrio, y a la entrada cayó en la misma posa en la que se revolcaba el niño. El griterío y los empujones fueron suficientes para que la mujer le lavara los pantalones y se los secara con el brasero dentro del hogar. Con las brasas encendidas, ya de noche, el living-comedor-dormitorio-cocina estaba temperado, y el hombre se dispuso a ver televisión en su plasma nuevo, un orgullo, el fruto de su esfuerzo. Martín seguía allá afuera, saltando posas que cada vez eran más grandes, logrando atravesar quebradas gigantescas sin caer, al fin, allá afuera, a salvo de los monstruos y serpientes que atacan a niños y superhéroes.

viernes, junio 11

De otro lado.

Fue así como tomó su equipaje y se fue remando.
No me pregunten cómo fue que lo conocí. No me acuerdo. Sólo sé que el 29 de febrero despertó al lado mío, durmiendo, extrañamente tan dulce y masculino a la vez. Pasaron las horas, y empezamos a conversar. Así me enteré que tenía 35 años, 8 años más que yo, que tiene 2 hijas mellizas en Comodoro Rivadavia que no conoce, y que les manda cartas todos los meses sin saber si las reciben o no. Que es hijo de un marinero. Y que anoche se vino remando desde el otro lado del lago con su equipaje. De ese lado del lago que es argentino y no chileno. No me pregunten cómo llegó a mi casa, porque no me acuerdo cómo fue que terminó durmiendo ahí. Ni tampoco cómo fue que desperté besándolo.
También me enteré que nunca terminó la escuela, que se escapó de la ciudad cuando tenía 17 años y se fue a vivir al sur, y que un tiempo estuvo viviendo como pescador en una caleta. Se había salvado muchas veces de morir ahogado en el mar, siempre lo pillaban las tormentas cuando partía solo mar adentro. Generalmente partía con un viejo, del que se hizo muy amigo, y que cuando él murió, la desdicha se apropió de su aventura naval, perdió la embarcación y parte de la fortuna que se había hecho en ese lugar. Incluso perdió un amor que tuvo en la caleta, que era precisamente la hija del pescador, la madre de las 2 hijas que aún no conoce, y que les envía cartas todos los años.
No me pregunten cómo fue que terminé besándolo todos los días del mes siguiente, ni cómo fue que empezamos a vivir juntos. Cumplimos un mes el 29 de marzo. Cumplimos 7 meses el 29 de noviembre. Cumplimos 13 meses el 29 de marzo. Pero no cumplimos el año, hasta 4 años más tarde, cuando celebramos el 29 de febrero nuestro aniversario con el nacimiento de Martín.
Las cosas tomaron un curso sumamente espontáneo. Yo no hice ningún esfuerzo. Martin y yo íbamos a buscar la leña, él prendía el fuego, yo lavaba la ropa e iba buscar a Martín al colegio, él cosechaba las verdura y sacrificaba un par de animales. Yo planchaba la ropa, cocinaba, lavaba los platos, le enseñé a leer y a escribir a Martín, jugamos, le enseñé a dibujar, abrí un panadería en la ciudad y él salía a remar. Él fumaba cigarros, muchos de los que llegaban al almacén, y comenzó a beber cerveza. Él empezó a hablarnos cada vez menos.
Cuando cumplimos 5 años de habernos besado, es decir, la época en que deberíamos estar en pleno enamoramiento, las cosas ya no daban para más. Con el adolescente Martín, que tenía en ese entonces 4 años, decidimos llevarlo al doctor. Según el médico de la zona, él había desarrollado un tipo de ¿locura? que no era normal para su edad, porque basándome en mis cálculos, él debió haber tenido en ese momento unos 55 años. Tuve que buscar en los documentos de mi marido sus datos personales. El médico tenía que notificar en una ficha para el ministerio su enfermedad. Me enteré que se llamaba Roberto Valdés, era uruguayo y para mi sorpresa, tenía una orden de arresto internacional desde hace más de 35 años. La orden era tan antigua, que ya ni se sabía por qué la tenía. Al llegar a la casa, Roberto me miró, llorando, como nunca lo había visto. Ahí fue que me contó que había asesinado al viejo de la caleta, a ese viejo que lo acompañaba en la pesca. Al papá de la madre de sus hijas mellizas que aún no conocía. Al viejo le llegaron con el rumor en que Roberto había engañado a su hija. Eso fue cierto, pero no había sido nada importante, él sólo amaba a esa mujer y creía que quizá a ninguna otra en su vida amaría igual. Esa mujer no le quiso hablar más, y por despecho y venganza, Roberto provocó el hundimiento del viejo en el mar. Pero el nunca pensó que lo descubrirían. Su mujer no quiso verlo más a pesar de sus 6 meses de embarazo. Roberto se fue, recorrió la pampa, vivió un par de años en uno de esos pueblos del sur, llegó hasta el lago, armó su bote, cruzó y llegó hasta el patio de mi casa. Yo estaba fumando, un poco embriagada, y así fue como nos conocimos.
No sabía si creerle. Esa misma mañana me habían dicho que Roberto tenía esta demencia precoz. No me calzaba eso último, que yo haya estado embriagada. Nunca he bebido alcohol, ni menos sola, ni menos sola en la casa que mis papás me encargaron que cuidara ese verano. Aún así todo esto sonaba coherente. Comenzó todos los días a decirme más detalles de la historia, y me repetía que no creyera en lo que había dicho el médico, que él no estaba enfermo. Me contó que su mujer se llamaba Pamela, que las mellizas ahora tendrían unos 35 años. Me contó cómo fue que armó la trampa que le hizo al bote del viejo. Me contó con quien había engañado a su mujer y cómo fue que supo el suegro. Me contó toda una historia que sólo él, y ahora yo y Martín, sabíamos. Roberto estaba apenado. Me decía que estos 5 años de matrimonio que teníamos, habían sido un lapso eterno para pensar las cosas y planearlas correctamente. Me decía que necesitaba partir a buscar a esa otra familia que no conocía. Yo no sabía si creerle, ya no tanto por la enfermedad que ponía en duda a cada instante, sino porque estaba viviendo con un completo desconocido.
Todos los días agregaba un detalle nuevo sobre la historia que me había contado. El cuento era muy complejo. Comencé a confundirme, porque cada palabra suya tenía tanto asombro en mí, que yo no sabía si él me estaba mintiendo, si estaba inventando, si estaba hablando de su vida, o si me estaba contando la misma historia que me ha tratado de contar por 20 años y que yo olvido en cada segundo. Él insistía en que quería partir a encontrarse con la tal Pamela y que quería conocer a sus mellizas. Yo estaba sola con mi hijo, no sabíamos decidir. Para mí era difícil; dudando de mi cordura, menos podría decidir si dejaba libre a este pobre loco.
Le dijimos que sí. Llevó unas provisiones de comida. Tomó su maleta, y se fue remando, al otro lado del lago. Pasaron los años, y no recibí cartas suyas. Pensé que quizá lo haría, así como lo hacía con la otra mujer. Nunca me llegó nada. Martín tampoco supo más de él y partió una noche a buscarlo, se fue remando al otro lado del lago.
No quiero que me pregunten cómo fue que me quedé sola. Cómo fui tan torpe que permití esta soledad. El lago y yo fuimos (y somos) los únicos testigos. Nadie entonces supo mi historia.

sábado, abril 3

De piscolas, sandwiches, carne y zanjas.

A don Juan se le habían pasado las copas anoche. Llegó tarde a la casa, ebrio, luego de haber manejado todo el día. Al llegar discutió con Patricia, su señora. Infructuoso debate, Patricia siempre hacía lo mismo pese a que él estuviera ebrio. Las peleas con él en ese estado nunca llevarían a nada. Juan pasó una pésima noche, entre vómitos y regaños, y fue expulsado en la mañana por su señora. Tenía que ir a trabajar. Era chofer de micros, manejaba en el recorrido 501.
La micro iba llena, y él no daba más de sueño. De pronto, pareció haberse pasado un semáforo rojo justo en el instante en que 2 mujeres cruzaban la calle. Tenía 3 opciones: atropellaba a la señora gorda y vieja que venía con una bolsa repleta de pan, atropellaba a la joven que cruzaba en bicicleta en dirección opuesta, o arrollaba a las 2. La resaca lo imposibilitó de pensar, y sólo atino a virar a la derecha. Atropelló a la señora gorda, y de paso lanzó a la ciclista varios metros más allá, cayendo en el barranco que da al canal junto a su bicicleta. En medio de los insultos Juan y toda la multitud que en ese momento estaba en la calle, se acercaron a socorrer a la señora gorda que había sido atropellada. Así fue como Valeria se quedó sola atrapada en los matorrales del borde del canal intentando escapar. Nadie la fue a rescatar.
Valeria vivía sólo con su mamá, que era una bruja. Para variar le ordenó que fuera a comprar carne a unas cuadras de la casa, pero no le dio dinero para el pasaje en micro. Así fue como tomó la bicicleta. Ya venía de vuelta cuando la micro la lanzó por el zanjón. Los perros del indigente que vivía bajo el puente fueron a atacarla de inmediato. Valeria recordó que tenía la carne que había comprado, asi que la lanzó a los perros para calmar su furia, sabiendo que su mamá la golpearía al llegar a la casa. El amo de los perros era un indigente perturbado, y alertado por el ladrido de Laica, miró de lejos a Valeria. Con una mezcla de dolor (por la golpiza de anoche) y lascivia corrió hacia donde estaba ella. Valeria por fin logró soltarse de la bicicleta, y a penas vio que el degenerado venía hacia ella, se lanzó al agua, llegando a un paradero que hasta hoy desconozco.
El indigente sintió que había perdido otra vez (la muchacha era bien bonita). El fracaso era una constante en su vida. Anoche había intentado asaltar una micro, pero no le resultó. El chofer y 2 amigos suyos que iban con él le dieron una paliza que lo habían dejado inmóvil por horas. No supo cómo fue que llegó de nuevo a su guarida, según pensó debieron haber sido sus perros, sus mejores amigos, los mismos que le alertaron hoy que Valeria estaba atrapada en el zanjón.
El chofer y 2 amigos fueron ovacionados por la tripulación de pasajeros. Nunca habían visto una hazaña de tal proeza y valentía. Claro está que cualquiera podría haber sido capaz de golpear a ese indigente, flaco, desganado, tonto. Hasta Valeria podría haberse deshecho de él sin necesidad de lanzarse al río. Emocionados, el chofer y sus 2 amigos después del turno fueron a celebrar a un bar de mala muerte. Uno de sus compadres, Luis, lo invitó. Así, bebieron por horas, desde las 9 de la noche. La dueña del local, la señora Berta, trabajaba hace años en la industria de la sandwichería y los boliches nocturnos. Era muy amiga del compadre Luis. Los invitó a una corrida de piscolas. Pasaron las horas hasta que se hizo tarde, y la señora Berta tuvo que echarlos. Mañana por la mañana debía hacer la compra típica del pan de todos los días. El chofer, que ya casi desconocía su propio nombre, furioso le lanzó los vasos con piscola a Berta. El compadre se fue en su contra, y el otro había desaparecido (nunca supe a dónde se fue). El chofer siguió lanzándole maldiciones a Bertita hasta el trayecto a su casa. Sólo lo escuchaban los perros y los vecinos que se estaban levantando para ir al trabajo. ¿A caso esta señora pretende amargar su vida? Hace tantos años que no hacía una proeza similar, tantos años que no lo asaltaban con la micro medio llena…
Berta se acostó relativamente temprano. Para el borrachito chofer de anoche el tiempo quizá pasaba mucho más lento. Berta se levantó por la mañana a hacer la compra del pan. Hoy, el Luis no vino a trabajar, así que no tenía quien le manejara la camioneta para ir a buscar el pan. En 3 tandas iría a la panadería, esa que está en frente de la carnicería. Fue relativamente fácil. Ya tenía la última bolsa llena de pan. Cuando salió de la panadería, vio que venía Valeria. Salió a apurada corriendo para alcanzarla, porque tenía que mandarle un recado a su mamá, que esta noche sí que iba a su casa para que leyera las cartas. Valeria no la escuchó, y Berta se abalanzó sobre la calle. Ya estaba media ciega la vieja, parece que se había lanzado con roja. No se dio ni cuenta cuando una micro le pasó por encima. Se acercó toda la gente a ver qué le había pasado (aparte de las 2 ruedas de la micro). Entre esos estaba el chofer. La vieja, que ya estaba media ciega, con suerte tenía olfato, y sintió un fuerte olor a alcohol: era el chofer borrachito de anoche. Lamentó haberlo invitado a la última corrida de piscolas. Juan, que ahora sí recordaba su nombre, no recordaba quién era Bertita. A Berta no le pasó nada, por suerte, y no tenía la más mínima furia en contra de Juan. Esco escapaba de los límites de comprensión de Juan, y lo atribuyó a una extraña relación sobrenatural. Llamaron a Luis por teléfono para que traiga la camioneta de la señora Berta y se la lleven a su casa. Para compensar el daño, Juan invitó a la señora Berta y a su compadre, a una corrida de sándwiches y piscolas esa misma noche.