lunes, diciembre 1

Pareciera hace muy poco que el viento se llevó tus manos,
rápido, inevitable.
Pareciera hace nada que se apoderó el desconsuelo.
Y aunque haya sido hace mucho o poco, no sé,
(de cosas del tiempo sí que nunca he sabido)
me impresiona, y me ahoga,
que te extraño desde el presente,
desde la noche, del silencio y del frío,
desde otro hogar y otro ambiente.
Ya no soy la misma, ni tú tampoco (aunque nunca envejezcas)
pero el tiempo de igual forma castiga aunque uno lo quiera.
No tengo cómo saber
qué habría pasado,
qué habría sido de nosotros.
No tengo cómo saber
qué haré con todos estos años que nos quedan
cómo seguirte extrañando conmigo vieja
y tú igual que siempre;
con mi piel arrugada y creyéndome vieja
y tú igual que siempre;
con mi vida propia, mi carrera, hasta con hijos,
y tú igual que siempre,
como si nada hubiera pasado,
como si yo siguiera siendo una niña.

Te extraño desde el presente.

miércoles, abril 9

Perro viejo



¡Qué noche más oscura! Llevaba mucho tiempo en el hospital, se me había hecho tarde. Ni abrigo traje para devolverme, lo que sentí más que nunca por el frío que hacía. Ya doblando por mi calle no se divisaba nada, era mi soledad la única que me acompañaba, y de pronto, lo hizo un perro.

No es que me haya hecho compañía de forma intencional. No me siguió, no me olió. Simplemente el perro estaba ahí. La verdad, no tengo idea de razas de perros ni de linajes caninos, sólo sé que a mi parecer ignorante sí era de raza. Se notaba que en algún momento de su perra vida fue un lindo animal, educado, decente. Pero ahora estaba viejo y con mucho frío. Tanto frío tenía que me provocó pena –no lástima– y una inusual sensación de ternura, que me acerqué y lo acaricié. Pobre perro solo. ¿Yo haciéndole cariño a un perro? No entendía lo que me estaba pasando, sin embargo, lo miré fijamente y por poco tiempo, lo tomé en brazos y me lo llevé al departamento.

En parte pensé que era estúpido tener un perro en un departamento. ¿Qué hago con él? Paso poca parte del día en mi hogar, jamás podría hacerme cargo del animal. ¡Qué dirá mi hermana, si jamás hemos cuidado un perro?; ni imaginar tener uno en nuestro departamento. Lo podría pasar mal él, se podía estresar… No importó, todo el conflicto se me olvidó y simplemente lo dejé ahí. Pasaría menos frío que en la calle. Estaría mejor.

Los días pasaron y fui olvidando al perro. Llegaba cansada en la noche, tenía mucho que estudiar, debía cumplir otros deberes. Hasta que un día me percato que jamás le había dado comida. ¿Cómo es que se debe cuidar? No tengo idea de crianza de animales – aunque a esta altura de su vida es bien poco lo que se podía criar–.  Le dejé un plato con agua y comida para perros. Sería suficiente.

¿El perro habrá hecho caca en el departamento? ¿Lo habrá orinado en alguna esquina? ¡Qué desastre! La alfombra podría estar sucia y no la quiero limpiar, las paredes, también, el piso podría tener pelos de perro, etc… Después de ciertos días que ya olvidé que pasaron, tomé al perro, que hay que recordar que era muy grande, viejo y a mal traer, y lo saqué cuando ya estaba atardeciendo a la calle para que haga sus necesidades. Por suerte el anciano educado no hizo ningún destrozo, y se aguantó de orinar quién sabe cuántos días. Sin correa de perro, sólo con una cuerda al cuello improvisada lo saqué. 

No quise mirar, yo sólo caminé. En parte por deber, pero admito que el asco que me daba acompañarlo a hacer cosas de perros era intolerable. Lamentablemente mi gesto despertó en el perro un genuino amor hacia mí, vi en su mirada seca y amarilla algo de esperanza (aterradora).

De vuelta a la casa, aún quedaba luz del atardecer y vi detalles de él. Su pelaje estaba enfermo, con muchos pelones, caspa en su piel, enflaquecido, ni podía caminar bien por el tiritón de sus patas. Sentí que su imagen fría de un comienzo se tornaba más cálida. Pero yo no quiero calidez. Quién sabe por qué me llevé al perro, pero claramente nunca me han interesado los perros.

Llegaba la noche y el perro me estresó. ¿Qué hago con él? No podía dejar de pensar en el perro, en qué diría mi hermana, en cómo dejaría el departamento, en que no tengo tiempo, en que está enfermo y no sé qué hacer con eso…

Se acabó. Mi plan era ideal. El perro viejo, que cada segundo que pasa se ponía más agónico y viejo, pero también más gigante, tenía que irse de mi departamento. Sea como sea, era una lástima, pero todo el cariño que me tuvo va a tener que morir. Hasta aquí llegamos, yo simplemente no podía con él. No quiero, no puedo y no sé cómo se hace. No sé de perros, no sabré de ellos ni me interesa.

Lo bajé sin cuerda a la calle, tan fría como la primera vez que lo vi. Afuera estaba mi familia, tuve alguna intención de presentarles al perro, por el leve y escaso amor que me tomó, (aunque yo tampoco le quitaba el sueño)  o  por "ese respeto que se debe tener a todo”. En fin, no lo presenté, me dio vergüenza. Caminé con él hasta la esquina, y justo había otros perros 100 m más allá. El perro viejo no entendía nada, no sabía dónde estaba, ya no veía, con suerte escuchaba. Hice como que iba a jugar con él, y le lancé un objeto para que corriera. Alcanzó la pelota, pero yo le gritaba “corre, perro viejo, corre”, para que se fuera más lejos y más lejos. Me hizo caso, yo creo que él tampoco sin saber por qué, pero se fue, se perdió, y logré no verlo más. Entré rápido al edificio y cerré la puerta. En una de esas había vuelto, pero daba lo mismo, yo ya no sabría. Lo más probable es que haya muerto, porque la vorágine de su vejez lo consumía inevitablemente.

No sé qué pensaría el perro viejo con lo que le hice, qué escribiría él. Pero es mejor no pensarlo, y acostarme a dormir.


                Buenas noches. 

(pd: Aclaro que esto es sólo un cuento, y soy una persona normal que respeta a los animales, tengo buenos sentimientos cristianos)

sábado, julio 7

Afonía


Irrespetuosa, te fuiste sin mi permiso. No me di cuenta cuando te fugaste, veloz, de mis labios y de mi boca. Quedé en un silencio absoluto, sólo con mi respiración, intentando buscarte por el mundo entero.
Admito que quizá no nos llevábamos muy bien. Cuántas veces por tu culpa dije cosas que no debí decir, y cuantas otras te obligué de mala gana a hablar. Debiste callar en muchas oportunidades y hablar en los exámenes orales. Pero eres caprichosa, como tu dueña.
No te vengues de mí. No sé con quién andas ni a cuáles oídos has ido a fastidiar sin control alguno. No sé qué historias estás repitiendo o inventando, ni sé qué tanto te escuchen los demás, qué tan loca me estás dejando con el resto. Pero por favor, si al menos no quieres regresar conmigo todavía, intenta moderarte, sé que es difícil, hasta a mí me costaba hacerlo. No atentes contra mí, recuerda que sólo en mi tienes vida, y  estando perdida no eres más que ruido.
Me gustaría gritar a los 4 vientos para hacer que me escuches, sin embargo, sólo puedo escribirte esta carta y pegarla por los postes de mi barrio a ver si en una de esas lo lees y te animas a volver. Ya te estoy empezando a extrañar.

lunes, abril 30

Resumen delirante

Después de mucho pensarlo decidí vencer el temor.
No sabía si escribir o no, si volver a intentarlo. Tenía miedo. La última vez que lo hice tembló muy feo, el piso se movía en círculos y mi casa parecía venirse abajo. Mis gritos me interrumpieron de forma grosera, se sellaron mis palabras en blanco.
Pero no puedo contenerme más, tarde o temprano esto tenía que suceder.
Tarde o temprano debía volver a escribir, sea ahora, mañana o en tres años más.  Resulte o no como siempre me ha gustado.
Tarde o temprano tendrá que volver a temblar.
Esto no está bajo mi control. Lo aseguro. Sólo anhelo que llegue el momento en que mis manos decidan poner el punto final.
De todos modos estoy intentando no liberar tanta energía. Es por esto que trataré no referirme a ti. Intentaré no mencionar mi indiferencia ni mi mente en blanco, mi incapacidad para mirarte a los ojos, ni mi incapacidad para buscarte y encontrarte muy cerca, rebelde. No hablaré de la mis manos jabonosas ni de las tuyas, ásperas y calientes; de la incapacidad que es mía y no tuya. De todas estas cosas no quiero conversar, porque tarde o temprano escribiré al respecto.
No escribiré de la pausa que me tomas todo el tiempo.
Así, cuando eso suceda, tarde o temprano, volverá a temblar.
No quiero que llegue ese desenlace fatal, pero tampoco quiero darle más plazo. Estoy en la duda, las letras tendrán que tolerarme, mi indecisión siempre es molesta.
Ya he puesto muchos puntos, pero también he hecho muchas insinuaciones. Esta seducción ordinaria va a terminar por provocarlo,y voy a pagarlo caro. Lo toma o lo deja. Yo ya lo insinué.

miércoles, agosto 10

Con el Sol...

El Sol transparenta las miradas.
A algunos, los encandila, dejando que la confusión se escape.
A otros, les magnifica todos los colores y la realidad al fin se ve tal como es: con la luz del Sol, linda.
Hoy, un día de Sol, lo vi todo más claro.
Conocí la historia de un reloj detenido.
Se dice que los relojes detenidos son incapaces de vivir su vida. En efecto, el tiempo no corre en ellos.
Otros dicen que los relojes detenidos están ahí a propósito, que todavía no están a tiempo de contar los segundos porque les falta madurar.
Y también se dice que los relojes detenidos deciden detenerse solos, cuando un engranaje no les acomoda, los desechan y se declaran en coma. El tiempo se declara en coma.
La vida del reloj es triste, sólo cuenta los segundos, sólo anticipa y desahucia, molesta a veces, y mira desde su encierro, desde el vidrio que desea quebrar, como los acontecimientos pasan determinados por el segundero.
Es triste para él, pero imprescindible para nosotros, los dueños y siervos de cada reloj. Imprescindible e irreemplazable.
Me contaron que por esas casualidades, a fines del invierno pasado, un reloj suicidado ya sin esperanzas y sonriente se encontró con otro reloj que andaba a tiempo (muy a tiempo), un poco apurado, con los minuteros violentos, sonoros, agresivos, punzantes, apremiantes.
Sucedió algo nunca antes visto en la historia de los relojes. En un acto de generosidad máxima, el reloj a tiempo abandonó sus apremios y le entregó los engranajes que le faltaban al reloj suicidado. No eran dos o tres engranajes, era la mitad de su cuerpo entero.
El reloj detenido comenzó al poco tiempo a andar. No, eso no está bien dicho.
El reloj detenido desapareció, al igual que el reloj a tiempo, cuya esencia mantiene ya sin cuerpo propio. Lo que resultó, fue la creación de un nuevo reloj.
Pero los relojes no sirven de nada si no tienen a quién dominar.
Se cuenta que ambos dueños siervos de los relojes corrieron bajo el mismo tiempo, bajo la misma libertad y bajo el mismo Sol comandados por un único reloj.

sábado, julio 30

El hombre y su perro

Hace dos días me encontré con el hombre que pasea a su perro. Hace tiempo que no sabía nada de él. La semana pasada vi en su auto un cartel de venta, al parecer las cosas no andan bien.
De su vida sé poco y nada, aunque creo conocerlo más que el resto del barrio. Sé su nombre, que es casado y que tiene un perro. Es muy amable. A veces le digo usted, otras veces lo tuteo: la verdad es que aún no puedo descifrar qué edad tiene. Cuando supe que tenía una hija de más de 25 años, me fijé en que estaba lleno de arrugas y canas y que le faltaban un par de dientes.
El hombre lleno de proyectos y optimista, apareció como un fantasma errante en esa noche con su perro. El perro, siempre inquieto y preso de la correa, hoy estaba cansado y muerto de frío, más gordo, descuidado y más viejo, a tal punto que me costó reconocerlo a la distancia. Dejé de mirar el perro, y me fijé en su amo, más envejecido y triste. No sé si se debió al frío, pero estaba tan encorvado que se perdía dentro de su chaqueta. Le dije un ‘Hola’ a lo lejos, esperando su saludo de pasada, pero el hombre del perro se detuvo ante mí y nos largamos a conversar. No sé hace cuánto que no habla con alguien, el perro ya ni lo escucha. Supe que vendió su negocio, yo pensando en que eso era bueno, lo felicité, asumiendo que tendría capital para invertir (nunca son malos los cambios), hasta que miró el suelo y con vergüenza me dijo ‘estoy cesante’.

lunes, julio 25

Es raro sentir que el tiempo pasa, pero no pasa, que cuando abres los ojos no despiertas de la noche anterior, sino de meses, que todo este tiempo ha sido un largo día o que la noche no llega nunca. Todo esto es raro, es ilógico.
La razón se resiste.
Para mí lo todo es muy complejo y a la vez muy sencillo: esto no debió haber pasado, pero está sucediendo, y será que no lo siento como debería, será que no aterrizo nunca, porque siempre la siento conmigo. Eso es lo lógico, que hayamos estado siempre juntas, así como tengo la mano unida al brazo o mi corazón está en mi pecho.
Te llevo.
Afortunado y lamentable. Hemos sido una. Te llevo con vida en mis días, en los que algo también han muerto para siempre.