miércoles, marzo 30

Manifiesto y credo escéptico al escepticismo


No me pidan que sonría más de la mitad del tiempo, ni que no llore menos de la mayor parte del día. No me pidan que no cumpla los criterios ni que me vista de uniforme.

A mí sólo me queda masticar el llanto, tragarme tu silencio y moler el vacío, que ya lo estoy haciendo propio. Sólo me queda soñarte, sentirte y hablarte, de vez en cuando, a veces, pensarte casi siempre. Sólo me queda soñarte (vivirte), aunque parte de esos sueños es despertar en medio de una pesadilla ligera.

Creo más en tu presencia ausente que en tu muerte, no creo en la irrealidad ni me convence el escepticismo. Ni creo en los libros que intentan describirme, ni creo en las observaciones, inútiles, que a la hora del análisis y consejo no pueden dar una palabra, se quedan mudas. ¿Aún no tienen el antídoto contra el dolor? Si no me dan el remedio mágico, entonces no puede haber convencimiento.

Es por eso que perseveraré. Creo en ti, a tu palabra sabia, a tus creencias en un buena parte, no por necesidad, sino por convicción irrebatible, por certeza absoluta de quien experimenta.

jueves, marzo 3

No recuerdo bien cómo llegué ahí, sólo puedo decir que de pronto me encontraba perdida en una playa. Tenía muchas rocas y conchas negras, salpicada con tramas de arena blanca. Había hartas personas, pero no tantas, y el mar se veía azul con tonos celestes justo donde la arena se tornaba más clara. No tenía idea dónde estaba, con quién estaba o qué hacía ahí. Eso me preocupaba, pero no tanto. En medio de mi desánimo indiferente, vi que un poco más allá había sólo arena blanca, el mar era celeste y había menos olas. Decidí acercarme. Si bien parecía ser uno de los lugares en los que siempre he querido estar, no lo era. No me fascinaba del todo, el entorno era imperfecto.

De súbito, apareció una banda de hombres cubiertos de túnicas blancas y negras, las que tenían capuchas puntiagudas y altas. Me dio la impresión que perseguían personas para molestarlas, al igual que los mimos en el centro cuando intentan mofarse de los peatones a sus espaldas. Me incomodó tanto su presencia, que apuré mi paso y empecé a correr por la playa muy ligeramente hacia el lugar de la arena blanca. De golpe en mi trote divise claramente la figura de mi mamá, quien me miraba con una tierna sonrisa. Al irme acercando me di cuenta que no era ella, sino que casi era ella. Era igual, o más bien dicho, casi igual. Tenía el pelo más claro, y quizá estaba un poco más flaca. A su lado estaba mi hermana, que tampoco era mi hermana, sino que era casi ella, y atrás estaba mi tío y mi tía, que con diferencias graciosas (como un rizo o el cabello de otro color) eran casi ellos también. De igual modo, fui hacia ellos, hasta que tuve a mi madre frente a mí.

-Tú sabes que no soy la misma, ¿cierto?- me dijo, mirándome con picardía y complicidad. -Sí, lo sé- le respondí. La abracé y la acaricié hasta despertar.