
No me pidan que sonría más de la mitad del tiempo, ni que no llore menos de la mayor parte del día. No me pidan que no cumpla los criterios ni que me vista de uniforme.
A mí sólo me queda masticar el llanto, tragarme tu silencio y moler el vacío, que ya lo estoy haciendo propio. Sólo me queda soñarte, sentirte y hablarte, de vez en cuando, a veces, pensarte casi siempre. Sólo me queda soñarte (vivirte), aunque parte de esos sueños es despertar en medio de una pesadilla ligera.
Creo más en tu presencia ausente que en tu muerte, no creo en la irrealidad ni me convence el escepticismo. Ni creo en los libros que intentan describirme, ni creo en las observaciones, inútiles, que a la hora del análisis y consejo no pueden dar una palabra, se quedan mudas. ¿Aún no tienen el antídoto contra el dolor? Si no me dan el remedio mágico, entonces no puede haber convencimiento.
Es por eso que perseveraré. Creo en ti, a tu palabra sabia, a tus creencias en un buena parte, no por necesidad, sino por convicción irrebatible, por certeza absoluta de quien experimenta.