El Sol transparenta las miradas.
A algunos, los encandila, dejando que la confusión se escape.
A otros, les magnifica todos los colores y la realidad al fin se ve tal como es: con la luz del Sol, linda.
Hoy, un día de Sol, lo vi todo más claro.
Conocí la historia de un reloj detenido.
Se dice que los relojes detenidos son incapaces de vivir su vida. En efecto, el tiempo no corre en ellos.
Otros dicen que los relojes detenidos están ahí a propósito, que todavía no están a tiempo de contar los segundos porque les falta madurar.
Y también se dice que los relojes detenidos deciden detenerse solos, cuando un engranaje no les acomoda, los desechan y se declaran en coma. El tiempo se declara en coma.
La vida del reloj es triste, sólo cuenta los segundos, sólo anticipa y desahucia, molesta a veces, y mira desde su encierro, desde el vidrio que desea quebrar, como los acontecimientos pasan determinados por el segundero.
Es triste para él, pero imprescindible para nosotros, los dueños y siervos de cada reloj. Imprescindible e irreemplazable.
Me contaron que por esas casualidades, a fines del invierno pasado, un reloj suicidado ya sin esperanzas y sonriente se encontró con otro reloj que andaba a tiempo (muy a tiempo), un poco apurado, con los minuteros violentos, sonoros, agresivos, punzantes, apremiantes.
Sucedió algo nunca antes visto en la historia de los relojes. En un acto de generosidad máxima, el reloj a tiempo abandonó sus apremios y le entregó los engranajes que le faltaban al reloj suicidado. No eran dos o tres engranajes, era la mitad de su cuerpo entero.
El reloj detenido comenzó al poco tiempo a andar. No, eso no está bien dicho.
El reloj detenido desapareció, al igual que el reloj a tiempo, cuya esencia mantiene ya sin cuerpo propio. Lo que resultó, fue la creación de un nuevo reloj.
Pero los relojes no sirven de nada si no tienen a quién dominar.
Se cuenta que ambos dueños siervos de los relojes corrieron bajo el mismo tiempo, bajo la misma libertad y bajo el mismo Sol comandados por un único reloj.
miércoles, agosto 10
sábado, julio 30
El hombre y su perro
Hace dos días me encontré con el hombre que pasea a su perro. Hace tiempo que no sabía nada de él. La semana pasada vi en su auto un cartel de venta, al parecer las cosas no andan bien.
De su vida sé poco y nada, aunque creo conocerlo más que el resto del barrio. Sé su nombre, que es casado y que tiene un perro. Es muy amable. A veces le digo usted, otras veces lo tuteo: la verdad es que aún no puedo descifrar qué edad tiene. Cuando supe que tenía una hija de más de 25 años, me fijé en que estaba lleno de arrugas y canas y que le faltaban un par de dientes.
El hombre lleno de proyectos y optimista, apareció como un fantasma errante en esa noche con su perro. El perro, siempre inquieto y preso de la correa, hoy estaba cansado y muerto de frío, más gordo, descuidado y más viejo, a tal punto que me costó reconocerlo a la distancia. Dejé de mirar el perro, y me fijé en su amo, más envejecido y triste. No sé si se debió al frío, pero estaba tan encorvado que se perdía dentro de su chaqueta. Le dije un ‘Hola’ a lo lejos, esperando su saludo de pasada, pero el hombre del perro se detuvo ante mí y nos largamos a conversar. No sé hace cuánto que no habla con alguien, el perro ya ni lo escucha. Supe que vendió su negocio, yo pensando en que eso era bueno, lo felicité, asumiendo que tendría capital para invertir (nunca son malos los cambios), hasta que miró el suelo y con vergüenza me dijo ‘estoy cesante’.
De su vida sé poco y nada, aunque creo conocerlo más que el resto del barrio. Sé su nombre, que es casado y que tiene un perro. Es muy amable. A veces le digo usted, otras veces lo tuteo: la verdad es que aún no puedo descifrar qué edad tiene. Cuando supe que tenía una hija de más de 25 años, me fijé en que estaba lleno de arrugas y canas y que le faltaban un par de dientes.
El hombre lleno de proyectos y optimista, apareció como un fantasma errante en esa noche con su perro. El perro, siempre inquieto y preso de la correa, hoy estaba cansado y muerto de frío, más gordo, descuidado y más viejo, a tal punto que me costó reconocerlo a la distancia. Dejé de mirar el perro, y me fijé en su amo, más envejecido y triste. No sé si se debió al frío, pero estaba tan encorvado que se perdía dentro de su chaqueta. Le dije un ‘Hola’ a lo lejos, esperando su saludo de pasada, pero el hombre del perro se detuvo ante mí y nos largamos a conversar. No sé hace cuánto que no habla con alguien, el perro ya ni lo escucha. Supe que vendió su negocio, yo pensando en que eso era bueno, lo felicité, asumiendo que tendría capital para invertir (nunca son malos los cambios), hasta que miró el suelo y con vergüenza me dijo ‘estoy cesante’.
lunes, julio 25
Es raro sentir que el tiempo pasa, pero no pasa, que cuando abres los ojos no despiertas de la noche anterior, sino de meses, que todo este tiempo ha sido un largo día o que la noche no llega nunca. Todo esto es raro, es ilógico.
La razón se resiste.
Para mí lo todo es muy complejo y a la vez muy sencillo: esto no debió haber pasado, pero está sucediendo, y será que no lo siento como debería, será que no aterrizo nunca, porque siempre la siento conmigo. Eso es lo lógico, que hayamos estado siempre juntas, así como tengo la mano unida al brazo o mi corazón está en mi pecho.
Te llevo.
Afortunado y lamentable. Hemos sido una. Te llevo con vida en mis días, en los que algo también han muerto para siempre.
La razón se resiste.
Para mí lo todo es muy complejo y a la vez muy sencillo: esto no debió haber pasado, pero está sucediendo, y será que no lo siento como debería, será que no aterrizo nunca, porque siempre la siento conmigo. Eso es lo lógico, que hayamos estado siempre juntas, así como tengo la mano unida al brazo o mi corazón está en mi pecho.
Te llevo.
Afortunado y lamentable. Hemos sido una. Te llevo con vida en mis días, en los que algo también han muerto para siempre.
jueves, junio 2
Me declaro en presunta desgracia
Quizá no entera, pero sí al menos un cuarto de mi cabeza, el corazón y un pulmón.
Hace ya varios meses que los ando buscando. Se han escapado de mí. Esto, la verdad, es que me ofende, porque me han dejado sin aire, con los latidos más débiles y bastante más tonta que antes. Me han dejado sin vida. Hay varios dedos de mis pies que ya no están, que han muerto congelados. Y sólo me quedan unos miembros torpes y una mano que escribe intentando recuperar a mis presuntos desgraciados.
¿Dónde están? Sería de utilidad que si saben de sus paraderos, me avisen con prontitud. No quiero seguir sintiendo que me he quedado con la mitad de mi vida o con el cuerpo desarmado.
Gracias.
Hace ya varios meses que los ando buscando. Se han escapado de mí. Esto, la verdad, es que me ofende, porque me han dejado sin aire, con los latidos más débiles y bastante más tonta que antes. Me han dejado sin vida. Hay varios dedos de mis pies que ya no están, que han muerto congelados. Y sólo me quedan unos miembros torpes y una mano que escribe intentando recuperar a mis presuntos desgraciados.
¿Dónde están? Sería de utilidad que si saben de sus paraderos, me avisen con prontitud. No quiero seguir sintiendo que me he quedado con la mitad de mi vida o con el cuerpo desarmado.
Gracias.
sábado, abril 23
Carta escrita a una madre desde un vagón del tren
Yo quería que el mundo se detuviera. Esto no se trataba de cualquier cosa, de algo sencillo, de algo pequeño: se trata de un triste desenlace para el protagonismo de mi película. Si no pude participar abiertamente en el guión, si nadie me preguntó si yo quería ese final… para mí la historia se acabó, y junto con eso, el mundo entero se debió haber detenido. No quería que las nubes pasaran tan rápido, no quería oír los motores de los autos transitar por fuera de esta estación, no quería que el hambre interrumpiera nuestra despedida para tener que ir a buscar algo para comer. Yo exigía débilmente, ya sin fuerza y cansada de las últimas horas de nuestro viaje, que el mundo se detuviera. Lamentablemente, comencé mi viaje justo al final del tuyo.
El tiempo no me hizo caso y sonaron las alarmas. En ese vaivén del viaje, que uno lo juzga como cruel, me fui sometiendo, me fui disolviendo, hasta que me di cuenta que algo o alguien que desconozco ya me había encajado en un asiento de este vagón. El tren no me iba a esperar más, debía entregar mi pasaje, tomar mis maletas junto con nuestras 2 compañeras, y seguir. He mirado la ventana, pensando en todo lo que quedaba en el pasado que era tan mío que me dolía dejar, y en el largo trayecto que los rieles dibujaban para mí en el paisaje. Yo nunca te quise dejar en la estación, pero tú sabes que nuestros destinos fueron más rápidos, más astutos que nosotras y que de la nada nos sorprendió con estas cosas que parecen injustas. De todos modos eso quedó atrás, en ese viaje que fue tan mío y es presente, constante: vas por fuera de mi ventana, en el reflejo, como dándome consejos,mirándome con cariño. Sé que no te puedo tocar, eres reflejo, eres luz y yo sólo soy carne y ojos que te miran hacia la ventana.
Estoy segura que notaste que al dejarte en tu estación se subió conmigo otro pasajero. Hemos ido conversando, y en los momentos de silencio yo sé que él es testigo de cómo te miro por mi ventana, él ha ido componiendo de a poco las luces que conforman tu rostro. Quizá el desierto que cruza el tren merece la oportunidad de ser recorrido, a lo mejor no todo es tan inhóspito como pensaba. Cuando llegue a la próxima estación te mandaré una carta por correo, como esta, para contarte con ansias todo lo que vivido y que me hubiese encantado compartir contigo. Nunca olvides que te te seguiré amando, incluso el día en que al fin nos encontremos en la última estación.
Sofía.
El tiempo no me hizo caso y sonaron las alarmas. En ese vaivén del viaje, que uno lo juzga como cruel, me fui sometiendo, me fui disolviendo, hasta que me di cuenta que algo o alguien que desconozco ya me había encajado en un asiento de este vagón. El tren no me iba a esperar más, debía entregar mi pasaje, tomar mis maletas junto con nuestras 2 compañeras, y seguir. He mirado la ventana, pensando en todo lo que quedaba en el pasado que era tan mío que me dolía dejar, y en el largo trayecto que los rieles dibujaban para mí en el paisaje. Yo nunca te quise dejar en la estación, pero tú sabes que nuestros destinos fueron más rápidos, más astutos que nosotras y que de la nada nos sorprendió con estas cosas que parecen injustas. De todos modos eso quedó atrás, en ese viaje que fue tan mío y es presente, constante: vas por fuera de mi ventana, en el reflejo, como dándome consejos,mirándome con cariño. Sé que no te puedo tocar, eres reflejo, eres luz y yo sólo soy carne y ojos que te miran hacia la ventana.
Estoy segura que notaste que al dejarte en tu estación se subió conmigo otro pasajero. Hemos ido conversando, y en los momentos de silencio yo sé que él es testigo de cómo te miro por mi ventana, él ha ido componiendo de a poco las luces que conforman tu rostro. Quizá el desierto que cruza el tren merece la oportunidad de ser recorrido, a lo mejor no todo es tan inhóspito como pensaba. Cuando llegue a la próxima estación te mandaré una carta por correo, como esta, para contarte con ansias todo lo que vivido y que me hubiese encantado compartir contigo. Nunca olvides que te te seguiré amando, incluso el día en que al fin nos encontremos en la última estación.
Sofía.
miércoles, marzo 30
Manifiesto y credo escéptico al escepticismo

No me pidan que sonría más de la mitad del tiempo, ni que no llore menos de la mayor parte del día. No me pidan que no cumpla los criterios ni que me vista de uniforme.
A mí sólo me queda masticar el llanto, tragarme tu silencio y moler el vacío, que ya lo estoy haciendo propio. Sólo me queda soñarte, sentirte y hablarte, de vez en cuando, a veces, pensarte casi siempre. Sólo me queda soñarte (vivirte), aunque parte de esos sueños es despertar en medio de una pesadilla ligera.
Creo más en tu presencia ausente que en tu muerte, no creo en la irrealidad ni me convence el escepticismo. Ni creo en los libros que intentan describirme, ni creo en las observaciones, inútiles, que a la hora del análisis y consejo no pueden dar una palabra, se quedan mudas. ¿Aún no tienen el antídoto contra el dolor? Si no me dan el remedio mágico, entonces no puede haber convencimiento.
Es por eso que perseveraré. Creo en ti, a tu palabra sabia, a tus creencias en un buena parte, no por necesidad, sino por convicción irrebatible, por certeza absoluta de quien experimenta.
jueves, marzo 3
No recuerdo bien cómo llegué ahí, sólo puedo decir que de pronto me encontraba perdida en una playa. Tenía muchas rocas y conchas negras, salpicada con tramas de arena blanca. Había hartas personas, pero no tantas, y el mar se veía azul con tonos celestes justo donde la arena se tornaba más clara. No tenía idea dónde estaba, con quién estaba o qué hacía ahí. Eso me preocupaba, pero no tanto. En medio de mi desánimo indiferente, vi que un poco más allá había sólo arena blanca, el mar era celeste y había menos olas. Decidí acercarme. Si bien parecía ser uno de los lugares en los que siempre he querido estar, no lo era. No me fascinaba del todo, el entorno era imperfecto.
De súbito, apareció una banda de hombres cubiertos de túnicas blancas y negras, las que tenían capuchas puntiagudas y altas. Me dio la impresión que perseguían personas para molestarlas, al igual que los mimos en el centro cuando intentan mofarse de los peatones a sus espaldas. Me incomodó tanto su presencia, que apuré mi paso y empecé a correr por la playa muy ligeramente hacia el lugar de la arena blanca. De golpe en mi trote divise claramente la figura de mi mamá, quien me miraba con una tierna sonrisa. Al irme acercando me di cuenta que no era ella, sino que casi era ella. Era igual, o más bien dicho, casi igual. Tenía el pelo más claro, y quizá estaba un poco más flaca. A su lado estaba mi hermana, que tampoco era mi hermana, sino que era casi ella, y atrás estaba mi tío y mi tía, que con diferencias graciosas (como un rizo o el cabello de otro color) eran casi ellos también. De igual modo, fui hacia ellos, hasta que tuve a mi madre frente a mí.
-Tú sabes que no soy la misma, ¿cierto?- me dijo, mirándome con picardía y complicidad. -Sí, lo sé- le respondí. La abracé y la acaricié hasta despertar.
De súbito, apareció una banda de hombres cubiertos de túnicas blancas y negras, las que tenían capuchas puntiagudas y altas. Me dio la impresión que perseguían personas para molestarlas, al igual que los mimos en el centro cuando intentan mofarse de los peatones a sus espaldas. Me incomodó tanto su presencia, que apuré mi paso y empecé a correr por la playa muy ligeramente hacia el lugar de la arena blanca. De golpe en mi trote divise claramente la figura de mi mamá, quien me miraba con una tierna sonrisa. Al irme acercando me di cuenta que no era ella, sino que casi era ella. Era igual, o más bien dicho, casi igual. Tenía el pelo más claro, y quizá estaba un poco más flaca. A su lado estaba mi hermana, que tampoco era mi hermana, sino que era casi ella, y atrás estaba mi tío y mi tía, que con diferencias graciosas (como un rizo o el cabello de otro color) eran casi ellos también. De igual modo, fui hacia ellos, hasta que tuve a mi madre frente a mí.
-Tú sabes que no soy la misma, ¿cierto?- me dijo, mirándome con picardía y complicidad. -Sí, lo sé- le respondí. La abracé y la acaricié hasta despertar.
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