martes, agosto 24
Hubo una vez en que enfrenté al cielo.
Estábamos en la carpa conversando de otras cosas. De pronto, se acabó el agua y me tocó salir a buscar el bidón que estaba en al auto. Era de noche. En el desierto la luna era inmensa e iluminaba todos los rincones, sin embargo, el silencio, el ruido del mar, el cielo oscurísimo con el festival de destellos hizo que en medio de mi admiración no sintiera sino miedo, y en cuanto tuve la botella con agua en mis manos, volví corriendo sin mirar atrás y entré a la carpa. La cobardía no me había superado de forma tan estúpida desde que era una niña. Él me preguntó qué me pasaba, sólo atiné a preguntarle “¿a caso no le da pudor el cielo de la noche?”. Esa sensación tan extraña de que a pesar de tu aparente soledad hay alguien más que te puede estar mirando, o siguiendo, o quizá no es eso, es el cliché de la inmensidad versus yo, que siento que me devora como en una cena exquisita. Recordé esa vez en que en el mismo lugar hace unos años, también de noche, con mi mamá nos recostamos en una roca a mirar el cielo. La roca aún tibia me abrazaba, la arena áspera acariciaba mi espalda, y mi pecho se enfrentó a la brisa y al cielo totalmente despejado. Al fin vi tantas estrellas como en ningún cielo había visto. Y no solo eso, vimos lucecitas que se desplazaban a una velocidad impresionante. Comenzamos a seguirlas. Llegó mi cuñado y mi hermana también a mirar las estrellas. Mi cuñado, un ingeniero, nos dijo que lo más probable era que fueran satélites que seguían un trayecto en órbita. Pareció creíble en un segundo, hasta que cientos de luces atravesaron el cielo. Perdí la cuenta de cuántas luces vi. En una ocasión, cuando ya el frío empezaba a ganarle al calor de la roca, mi hermana apuntó a una de estas luces. De súbito, la luz cambió su trayecto lineal en 40 grados, y siguió su camino, recto hasta perderse en el cielo. Un escalofrío recorrió mis huesos. No podía sentirme más ignorante, pero también valiente. Enfrenté sin querer a las estrellas y al cielo, quizá como cuántos otros que estuvieron haciéndolo en esta dirección en ese momento. Pero ahora no fui capaz, no al menos sabiéndolo.
jueves, agosto 12
Misión cumplida
Tenía que huir de los horribles monstruos que atacan a niños y a superhéroes en la selva. Después de correr horas y horas por la oscuridad y trepar árboles y empinadísimos cerros, llegaba el momento en que Martín debía atravesar de un salto una enorme quebrada, en cuyo fondo había un sucio pantano. Con sus humildes pies descalzos Martín intentó saltar la posa de barro que estaba a la entrada de la casa. A sus 3 añitos, el intento fue fallido, y cayó de cara al lodo. Quedó mojado, lleno de barro. Sin llorar, siguió jugando. Desde adentro de la casa se oyeron unos gritos de su mamá, lo más probable es que lo haya reprochado por la caída. Le dijo que no tenía pantalones para cambiarle otra vez, ni menos lo lavaría, porque con esta lluvia la ropa no se secará en 4 días más. Lleva diciéndole lo mismo hace una semana. La lluvia no ha parado desde entonces, y él sigue jugando con el mismo pantalón. Los retos de su mamá se acabaron cuando llegó el papá. Como era de esperar, llegó ebrio, y a la entrada cayó en la misma posa en la que se revolcaba el niño. El griterío y los empujones fueron suficientes para que la mujer le lavara los pantalones y se los secara con el brasero dentro del hogar. Con las brasas encendidas, ya de noche, el living-comedor-dormitorio-cocina estaba temperado, y el hombre se dispuso a ver televisión en su plasma nuevo, un orgullo, el fruto de su esfuerzo. Martín seguía allá afuera, saltando posas que cada vez eran más grandes, logrando atravesar quebradas gigantescas sin caer, al fin, allá afuera, a salvo de los monstruos y serpientes que atacan a niños y superhéroes.
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