Fue así como tomó su equipaje y se fue remando.
No me pregunten cómo fue que lo conocí. No me acuerdo. Sólo sé que el 29 de febrero despertó al lado mío, durmiendo, extrañamente tan dulce y masculino a la vez. Pasaron las horas, y empezamos a conversar. Así me enteré que tenía 35 años, 8 años más que yo, que tiene 2 hijas mellizas en Comodoro Rivadavia que no conoce, y que les manda cartas todos los meses sin saber si las reciben o no. Que es hijo de un marinero. Y que anoche se vino remando desde el otro lado del lago con su equipaje. De ese lado del lago que es argentino y no chileno. No me pregunten cómo llegó a mi casa, porque no me acuerdo cómo fue que terminó durmiendo ahí. Ni tampoco cómo fue que desperté besándolo.
También me enteré que nunca terminó la escuela, que se escapó de la ciudad cuando tenía 17 años y se fue a vivir al sur, y que un tiempo estuvo viviendo como pescador en una caleta. Se había salvado muchas veces de morir ahogado en el mar, siempre lo pillaban las tormentas cuando partía solo mar adentro. Generalmente partía con un viejo, del que se hizo muy amigo, y que cuando él murió, la desdicha se apropió de su aventura naval, perdió la embarcación y parte de la fortuna que se había hecho en ese lugar. Incluso perdió un amor que tuvo en la caleta, que era precisamente la hija del pescador, la madre de las 2 hijas que aún no conoce, y que les envía cartas todos los años.
No me pregunten cómo fue que terminé besándolo todos los días del mes siguiente, ni cómo fue que empezamos a vivir juntos. Cumplimos un mes el 29 de marzo. Cumplimos 7 meses el 29 de noviembre. Cumplimos 13 meses el 29 de marzo. Pero no cumplimos el año, hasta 4 años más tarde, cuando celebramos el 29 de febrero nuestro aniversario con el nacimiento de Martín.
Las cosas tomaron un curso sumamente espontáneo. Yo no hice ningún esfuerzo. Martin y yo íbamos a buscar la leña, él prendía el fuego, yo lavaba la ropa e iba buscar a Martín al colegio, él cosechaba las verdura y sacrificaba un par de animales. Yo planchaba la ropa, cocinaba, lavaba los platos, le enseñé a leer y a escribir a Martín, jugamos, le enseñé a dibujar, abrí un panadería en la ciudad y él salía a remar. Él fumaba cigarros, muchos de los que llegaban al almacén, y comenzó a beber cerveza. Él empezó a hablarnos cada vez menos.
Cuando cumplimos 5 años de habernos besado, es decir, la época en que deberíamos estar en pleno enamoramiento, las cosas ya no daban para más. Con el adolescente Martín, que tenía en ese entonces 4 años, decidimos llevarlo al doctor. Según el médico de la zona, él había desarrollado un tipo de ¿locura? que no era normal para su edad, porque basándome en mis cálculos, él debió haber tenido en ese momento unos 55 años. Tuve que buscar en los documentos de mi marido sus datos personales. El médico tenía que notificar en una ficha para el ministerio su enfermedad. Me enteré que se llamaba Roberto Valdés, era uruguayo y para mi sorpresa, tenía una orden de arresto internacional desde hace más de 35 años. La orden era tan antigua, que ya ni se sabía por qué la tenía. Al llegar a la casa, Roberto me miró, llorando, como nunca lo había visto. Ahí fue que me contó que había asesinado al viejo de la caleta, a ese viejo que lo acompañaba en la pesca. Al papá de la madre de sus hijas mellizas que aún no conocía. Al viejo le llegaron con el rumor en que Roberto había engañado a su hija. Eso fue cierto, pero no había sido nada importante, él sólo amaba a esa mujer y creía que quizá a ninguna otra en su vida amaría igual. Esa mujer no le quiso hablar más, y por despecho y venganza, Roberto provocó el hundimiento del viejo en el mar. Pero el nunca pensó que lo descubrirían. Su mujer no quiso verlo más a pesar de sus 6 meses de embarazo. Roberto se fue, recorrió la pampa, vivió un par de años en uno de esos pueblos del sur, llegó hasta el lago, armó su bote, cruzó y llegó hasta el patio de mi casa. Yo estaba fumando, un poco embriagada, y así fue como nos conocimos.
No sabía si creerle. Esa misma mañana me habían dicho que Roberto tenía esta demencia precoz. No me calzaba eso último, que yo haya estado embriagada. Nunca he bebido alcohol, ni menos sola, ni menos sola en la casa que mis papás me encargaron que cuidara ese verano. Aún así todo esto sonaba coherente. Comenzó todos los días a decirme más detalles de la historia, y me repetía que no creyera en lo que había dicho el médico, que él no estaba enfermo. Me contó que su mujer se llamaba Pamela, que las mellizas ahora tendrían unos 35 años. Me contó cómo fue que armó la trampa que le hizo al bote del viejo. Me contó con quien había engañado a su mujer y cómo fue que supo el suegro. Me contó toda una historia que sólo él, y ahora yo y Martín, sabíamos. Roberto estaba apenado. Me decía que estos 5 años de matrimonio que teníamos, habían sido un lapso eterno para pensar las cosas y planearlas correctamente. Me decía que necesitaba partir a buscar a esa otra familia que no conocía. Yo no sabía si creerle, ya no tanto por la enfermedad que ponía en duda a cada instante, sino porque estaba viviendo con un completo desconocido.
Todos los días agregaba un detalle nuevo sobre la historia que me había contado. El cuento era muy complejo. Comencé a confundirme, porque cada palabra suya tenía tanto asombro en mí, que yo no sabía si él me estaba mintiendo, si estaba inventando, si estaba hablando de su vida, o si me estaba contando la misma historia que me ha tratado de contar por 20 años y que yo olvido en cada segundo. Él insistía en que quería partir a encontrarse con la tal Pamela y que quería conocer a sus mellizas. Yo estaba sola con mi hijo, no sabíamos decidir. Para mí era difícil; dudando de mi cordura, menos podría decidir si dejaba libre a este pobre loco.
Le dijimos que sí. Llevó unas provisiones de comida. Tomó su maleta, y se fue remando, al otro lado del lago. Pasaron los años, y no recibí cartas suyas. Pensé que quizá lo haría, así como lo hacía con la otra mujer. Nunca me llegó nada. Martín tampoco supo más de él y partió una noche a buscarlo, se fue remando al otro lado del lago.
No quiero que me pregunten cómo fue que me quedé sola. Cómo fui tan torpe que permití esta soledad. El lago y yo fuimos (y somos) los únicos testigos. Nadie entonces supo mi historia.