sábado, abril 3

De piscolas, sandwiches, carne y zanjas.

A don Juan se le habían pasado las copas anoche. Llegó tarde a la casa, ebrio, luego de haber manejado todo el día. Al llegar discutió con Patricia, su señora. Infructuoso debate, Patricia siempre hacía lo mismo pese a que él estuviera ebrio. Las peleas con él en ese estado nunca llevarían a nada. Juan pasó una pésima noche, entre vómitos y regaños, y fue expulsado en la mañana por su señora. Tenía que ir a trabajar. Era chofer de micros, manejaba en el recorrido 501.
La micro iba llena, y él no daba más de sueño. De pronto, pareció haberse pasado un semáforo rojo justo en el instante en que 2 mujeres cruzaban la calle. Tenía 3 opciones: atropellaba a la señora gorda y vieja que venía con una bolsa repleta de pan, atropellaba a la joven que cruzaba en bicicleta en dirección opuesta, o arrollaba a las 2. La resaca lo imposibilitó de pensar, y sólo atino a virar a la derecha. Atropelló a la señora gorda, y de paso lanzó a la ciclista varios metros más allá, cayendo en el barranco que da al canal junto a su bicicleta. En medio de los insultos Juan y toda la multitud que en ese momento estaba en la calle, se acercaron a socorrer a la señora gorda que había sido atropellada. Así fue como Valeria se quedó sola atrapada en los matorrales del borde del canal intentando escapar. Nadie la fue a rescatar.
Valeria vivía sólo con su mamá, que era una bruja. Para variar le ordenó que fuera a comprar carne a unas cuadras de la casa, pero no le dio dinero para el pasaje en micro. Así fue como tomó la bicicleta. Ya venía de vuelta cuando la micro la lanzó por el zanjón. Los perros del indigente que vivía bajo el puente fueron a atacarla de inmediato. Valeria recordó que tenía la carne que había comprado, asi que la lanzó a los perros para calmar su furia, sabiendo que su mamá la golpearía al llegar a la casa. El amo de los perros era un indigente perturbado, y alertado por el ladrido de Laica, miró de lejos a Valeria. Con una mezcla de dolor (por la golpiza de anoche) y lascivia corrió hacia donde estaba ella. Valeria por fin logró soltarse de la bicicleta, y a penas vio que el degenerado venía hacia ella, se lanzó al agua, llegando a un paradero que hasta hoy desconozco.
El indigente sintió que había perdido otra vez (la muchacha era bien bonita). El fracaso era una constante en su vida. Anoche había intentado asaltar una micro, pero no le resultó. El chofer y 2 amigos suyos que iban con él le dieron una paliza que lo habían dejado inmóvil por horas. No supo cómo fue que llegó de nuevo a su guarida, según pensó debieron haber sido sus perros, sus mejores amigos, los mismos que le alertaron hoy que Valeria estaba atrapada en el zanjón.
El chofer y 2 amigos fueron ovacionados por la tripulación de pasajeros. Nunca habían visto una hazaña de tal proeza y valentía. Claro está que cualquiera podría haber sido capaz de golpear a ese indigente, flaco, desganado, tonto. Hasta Valeria podría haberse deshecho de él sin necesidad de lanzarse al río. Emocionados, el chofer y sus 2 amigos después del turno fueron a celebrar a un bar de mala muerte. Uno de sus compadres, Luis, lo invitó. Así, bebieron por horas, desde las 9 de la noche. La dueña del local, la señora Berta, trabajaba hace años en la industria de la sandwichería y los boliches nocturnos. Era muy amiga del compadre Luis. Los invitó a una corrida de piscolas. Pasaron las horas hasta que se hizo tarde, y la señora Berta tuvo que echarlos. Mañana por la mañana debía hacer la compra típica del pan de todos los días. El chofer, que ya casi desconocía su propio nombre, furioso le lanzó los vasos con piscola a Berta. El compadre se fue en su contra, y el otro había desaparecido (nunca supe a dónde se fue). El chofer siguió lanzándole maldiciones a Bertita hasta el trayecto a su casa. Sólo lo escuchaban los perros y los vecinos que se estaban levantando para ir al trabajo. ¿A caso esta señora pretende amargar su vida? Hace tantos años que no hacía una proeza similar, tantos años que no lo asaltaban con la micro medio llena…
Berta se acostó relativamente temprano. Para el borrachito chofer de anoche el tiempo quizá pasaba mucho más lento. Berta se levantó por la mañana a hacer la compra del pan. Hoy, el Luis no vino a trabajar, así que no tenía quien le manejara la camioneta para ir a buscar el pan. En 3 tandas iría a la panadería, esa que está en frente de la carnicería. Fue relativamente fácil. Ya tenía la última bolsa llena de pan. Cuando salió de la panadería, vio que venía Valeria. Salió a apurada corriendo para alcanzarla, porque tenía que mandarle un recado a su mamá, que esta noche sí que iba a su casa para que leyera las cartas. Valeria no la escuchó, y Berta se abalanzó sobre la calle. Ya estaba media ciega la vieja, parece que se había lanzado con roja. No se dio ni cuenta cuando una micro le pasó por encima. Se acercó toda la gente a ver qué le había pasado (aparte de las 2 ruedas de la micro). Entre esos estaba el chofer. La vieja, que ya estaba media ciega, con suerte tenía olfato, y sintió un fuerte olor a alcohol: era el chofer borrachito de anoche. Lamentó haberlo invitado a la última corrida de piscolas. Juan, que ahora sí recordaba su nombre, no recordaba quién era Bertita. A Berta no le pasó nada, por suerte, y no tenía la más mínima furia en contra de Juan. Esco escapaba de los límites de comprensión de Juan, y lo atribuyó a una extraña relación sobrenatural. Llamaron a Luis por teléfono para que traiga la camioneta de la señora Berta y se la lleven a su casa. Para compensar el daño, Juan invitó a la señora Berta y a su compadre, a una corrida de sándwiches y piscolas esa misma noche.